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La batalla contra la amargura

Presentar nuestro dolor a Dios y aprender a vivir sin venganza

1 de noviembre de 2026 40 pages 10,522 words Español
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1 / 18 La batalla contra la amargura

La batalla contra la amarguraEstudio bíblico personal

LA BATALLA contra la amargura

Presentar nuestro dolor a Dios y aprender a vivir sin venganza

Estudio bíblico basado en la predicación de Cortt Chavis.

2 / 18 Introducción

Comencemos aquí

Podemos amar a Dios sinceramente y aun así luchar con lo que alguien nos ha hecho. Los años de oración, servicio fiel y conocimiento de la Biblia no hacen que una traición sea fácil de sobrellevar. A veces, quienes nos lastiman son personas en las que confiábamos profundamente. A veces, lo más difícil es ver que la vida sigue como si nada hubiera pasado. Llevamos un recuerdo que otros parecen haber olvidado y nos preguntamos qué debemos hacer con el dolor que permanece.

Este estudio nos pregunta cómo podemos presentar ese dolor ante Dios sin permitir que la amargura dirija el resto de nuestra vida. La pregunta es personal. Tal vez reconocemos enseguida el problema en otra persona, mientras le damos un nombre diferente a nuestro propio resentimiento. Podemos llamarlo prudencia, realismo o simplemente recordar lo que sucedió. A veces esas descripciones son justas. En otras ocasiones, estamos protegiendo el deseo de ver sufrir a alguien. Necesitamos suficiente sinceridad para reconocer la diferencia y suficiente humildad para dejar que la Palabra nos corrija.

Respuesta personal

El pastor Chavis desarrolla su mensaje alrededor de la advertencia de Hebreos 12 acerca de una raíz de amargura. Luego presenta cinco respuestas prácticas: negarnos a dejar que las acciones de otra persona decidan las nuestras, dejar la venganza en manos de Dios, recordar la misericordia que hemos recibido, buscar el crecimiento en lugar de la venganza y seguir orando mientras sufrimos. Estas respuestas no nos piden que finjamos que lo malo estuvo bien. Nos piden que consideremos qué estamos permitiendo que ese mal produzca dentro de nosotros.

Debemos dejar claro desde el principio que perdonar no nos exige permanecer en peligro, justificar el abuso ni renunciar a que las personas respondan debidamente por sus actos. Dios puede ayudarnos a crecer después de sufrir sin convertir el sufrimiento mismo en algo bueno. El dolor no demuestra que Él haya causado o aprobado lo que alguien hizo. Algunas situaciones requieren protección, denunciar los hechos con veracidad y recibir ayuda de personas capaces de responder con sabiduría. Podemos buscar esas cosas y, al mismo tiempo, pedirle a Dios que nos libre del odio y del deseo de venganza personal.

Tomémonos tiempo para considerar los pasajes sin perder de vista nuestra propia vida. No estamos intentando demostrar que nunca hemos sentido amargura ni que podemos recuperarnos rápidamente de cualquier herida. Nos preguntamos cómo vivir con fidelidad en la vida que realmente tenemos. Quizá haya algo que necesitemos confesar, una respuesta que debamos cambiar o una carga que necesitemos ayuda para llevar. Podemos comenzar antes de que nuestros sentimientos se hayan calmado. El ejemplo de Ana nos recordará que un alma herida todavía puede volverse al Señor.

Respuesta personal

3 / 18 Pasaje principal

Hebreos 12:14–15 · Reina-Valera 1960

14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

15 Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;

Citas bíblicas tomadas de la Reina-Valera 1960. El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

4 / 18 Cuando las dificultades llegan a quienes aman a Dios

La predicación comienza cuestionando una expectativa que tal vez llevamos dentro sin decirla en voz alta. Podemos creer que entregar nuestra vida a Dios debería protegernos de las dificultades que experimentan otras personas. Sabemos dar la respuesta correcta cuando alguien pregunta si los cristianos sufren. Sin embargo, cuando los problemas alcanzan a nuestra propia familia, nuestro ministerio o nuestras amistades, podemos sentir que algo ha fallado en lo que esperábamos. Hemos orado, obedecido y procurado ser fieles. ¿Por qué seguimos enfrentando algo tan doloroso?

Necesitamos reconocer lo que esa pregunta da por sentado. ¿Hemos comenzado a pensar que la obediencia es una manera de asegurarnos de que la vida transcurra como preferimos? ¿Hemos esperado en silencio que Dios impida que alguien nos decepcione? Cuando no examinamos esas expectativas, cada dificultad puede parecernos una prueba de que Él nos ha fallado. Quizá sigamos hablando de Él con respeto en la iglesia mientras guardamos una acusación en nuestros pensamientos privados. El primer paso sincero puede ser admitir que esperábamos una protección que Él no prometió en los pasajes que tenemos delante.

Respuesta personal

El pastor Chavis nos recuerda que las dificultades también están presentes en la

vida de quienes procuran agradar a Dios. Recibir el Espíritu Santo, ser bautizados en el nombre de Jesús y servir fielmente no nos deja al margen de la debilidad humana ni de las malas acciones. El mensaje no comienza pidiéndonos un compromiso menor. Nos pide comprender que el compromiso no elimina toda circunstancia dolorosa. Necesitamos una fe que pueda llevar las dificultades a Dios, en lugar de una fe que dependa de que las dificultades nunca lleguen.

Esto también significa que debemos tener cuidado con las conclusiones que sacamos del sufrimiento ajeno. Una temporada difícil no nos da permiso para decidir que esa persona seguramente ha sido descuidada o infiel. Tal vez sepamos muy poco de lo que ocurrió. Aun cuando conocemos algunos hechos, no podemos explicar todo lo que Dios está haciendo. Si convertimos cada herida en un juicio contra la persona herida, hacemos más difícil que las personas busquen ayuda con sinceridad. También preparamos una respuesta dura para nosotros mismos cuando llegue nuestra propia temporada difícil.

El mensaje nos anima a creer que todavía es posible crecer. Podemos volvernos más pacientes, más sinceros y más dispuestos a depender de Dios al responder a la adversidad. Pero no debemos convertir esa esperanza en la afirmación de que Dios envió cada acto dañino para mejorarnos. La crueldad de otra persona sigue siendo responsabilidad de esa persona. Podemos preguntar qué nos ayudará Dios a hacer ahora sin llamar necesaria a la crueldad. Su capacidad para traer el bien a nuestra vida no nos exige cambiarle el nombre al mal y llamarlo bondad.

Respuesta personal

Quizá también necesitemos dejar de presionarnos para encontrar una lección de

inmediato. Cuando el dolor es reciente, tal vez no estemos preparados para explicarlo. Podemos decirle a Dios que no comprendemos y mantenernos dispuestos a seguirlo. A veces, la siguiente respuesta fiel es bastante cotidiana. Necesitamos decir la verdad, buscar seguridad, pedir apoyo o rechazar un mensaje pensado para lastimar a alguien. No necesitamos una explicación completa del pasado para poder obedecer en el presente. La ausencia de una explicación no hace que todas las respuestas sean igualmente sabias.

Consideremos cómo solemos responder cuando la vida se vuelve difícil. ¿Lo primero que suponemos es que Dios nos ha olvidado? ¿Comparamos nuestros problemas con la vida más fácil que imaginamos que tiene otra persona? ¿Sentimos vergüenza porque se supone que los cristianos con experiencia deberían sobrellevarlo mejor? Estas respuestas merecen una atención paciente. Podemos llevarlas a la oración en lugar de permitir que se conviertan en creencias arraigadas. El Señor no necesita que protejamos una versión impecable de nuestra fe. Podemos admitir que estamos decepcionados y pedirle que nos ayude a seguir dispuestos a aprender.

Por lo tanto, la pregunta al comienzo de este estudio no es si podemos evitar todas las heridas. No podemos construir nuestra vida alrededor de esa esperanza. La pregunta es cómo responderemos cuando llegue una herida. Quizá no podamos cambiar la decisión de otra persona ni recuperar lo que se perdió. Aun así, podemos buscar la dirección de Dios para lo que sucede dentro de nosotros y a través de nosotros. Esto nos lleva a la imagen de Hebreos 12. Las dificultades pueden llegar a nuestra vida, pero necesitamos vigilar con cuidado qué permitimos que eche raíces.

Respuesta personal

5 / 18 Lo que permitimos que eche raíces

Hebreos 12:15 nos pide estar atentos. La advertencia merece más que una mirada ocasional a nuestras actitudes cuando algo ya ha salido muy mal. Una raíz suele estar oculta antes de que su crecimiento se haga evidente sobre la tierra. El pastor Chavis utiliza esa imagen para ayudarnos a pensar en la amargura. Podemos estar controlando nuestro comportamiento público mientras el resentimiento moldea silenciosamente nuestra manera de interpretar a las personas, recordar los hechos y prepararnos para la próxima decepción. Lo que permanece oculto todavía puede influir en la vida que todos ven.

Debemos comenzar por distinguir entre el dolor y el deseo arraigado de aferrarnos al resentimiento. Sentir dolor después de una traición no significa por sí solo que estemos rechazando a Dios. Las lágrimas no son prueba de fracaso espiritual. El enojo puede hacernos conscientes de que algo grave ha ocurrido. La pregunta es qué hacemos con esas respuestas. ¿Las llevamos con sinceridad al Señor y buscamos ayuda donde la necesitamos? ¿O regresamos una y otra vez a ellas porque queremos que el mal sufrido justifique cualquier cosa que decidamos hacer después?

Respuesta personal

Un recuerdo puede convertirse en un lugar donde repasamos los argumentos

contra alguien. Cada vez que volvemos a él, añadimos las palabras que hubiéramos querido decir, imaginamos la vergüenza que deseamos que esa persona sienta y explicamos por qué no merece tener paz. Quizá no actuemos de inmediato según esos pensamientos. Sin embargo, les estamos prestando atención y dándoles espacio. Esta es una manera en que la imagen de la raíz puede ayudarnos a examinarnos. Nos preguntamos qué alimenta nuestra atención repetida, no solamente si nos hemos comportado mal en público.

El versículo dice que la raíz brota y nos estorba. La amargura no permanece como una posesión inofensiva que podemos guardar hasta que estemos listos para usarla. Puede llegar a formar parte de nuestra manera de enfrentar la vida cotidiana. Un pequeño desacuerdo se siente como otra traición. Una pregunta inocente suena como una acusación. El éxito de alguien nos resulta ofensivo porque la persona que nos lastimó también tuvo éxito alguna vez. No debemos suponer que toda reacción difícil tiene la misma causa, pero podemos preguntarnos si un agravio antiguo está hablando más fuerte que los hechos del presente.

La advertencia luego va más allá de una sola persona: «y por ella muchos sean contaminados». Nuestra vida interior afecta a quienes nos rodean. Podemos trasladar la desconfianza de una relación a otra. Podemos enseñar a nuestros hijos a esperar lo peor de personas que nunca han conocido. Podemos hacer que una conversación en la iglesia gire alrededor de una disputa antigua hasta que otros empiecen a llevar nuestro enojo como si fuera suyo. La predicación nos pide reconocer que la amargura puede extenderse. Lo que llamamos nuestro asunto privado quizá ya esté moldeando el ambiente de nuestro hogar o ministerio.

Respuesta personal

Esto merece especial atención cuando otros confían en nuestro criterio. Una

persona influyente puede transmitir resentimiento en forma de consejo. Podemos pensar que estamos protegiendo a alguien cuando, en realidad, lo estamos invitando a compartir nuestra hostilidad. Las advertencias sabias deben ser veraces y tener como objetivo proteger. No deben depender de exageraciones, detalles seleccionados de manera parcial ni del deseo de poner a todos en contra de alguien. Antes de hablar, podemos preguntarnos qué necesita saber realmente quien escucha y si nuestro propósito seguiría siendo el mismo si nadie nos admirara por contar la historia.

Hebreos también nos advierte acerca de dejar de alcanzar la gracia de Dios. El pastor Chavis entiende esto como dejar de recibir y responder a la gracia que tenemos a nuestra disposición, y no como una falla en la gracia de Dios misma. Esa distinción mantiene nuestra atención en nuestra respuesta. Podemos conocer el lenguaje de la gracia mientras mantenemos nuestro dolor fuera de su alcance. Quizá recibamos con agrado la misericordia cuando necesitamos perdón y luego nos resistamos a ella cuando cuestiona nuestro deseo de castigar a otra persona. La advertencia nos llama a recibir la ayuda de Dios precisamente donde más queremos mantener el control.

Miremos debajo de la reacción que resulta más fácil notar. ¿Qué expectativa, temor o agravio está ayudando a que esa reacción crezca? Cuando hablamos con dureza, ¿qué nos hemos estado diciendo antes? Cuando nos alejamos, ¿estamos estableciendo un límite necesario o intentando hacer que alguien pague? Las respuestas sinceras pueden tomar tiempo. Podemos pedirle a Dios que nos ayude a estar atentos sin empezar a sospechar de cada sentimiento. La meta es un corazón que reciba su cuidado, incluida su corrección, antes de que el resentimiento oculto se convierta en el patrón según el cual vivimos.

Respuesta personal

6 / 18 Una vida con dones todavía necesita un corazón sincero

La historia de Ahitofel ofrece a la predicación un ejemplo que nos invita a examinarnos. Segundo de Samuel 16:23 describe cuánto se estimaba su consejo. Las personas lo recibían «como si se consultase la palabra de Dios». Esto nos dice que sus consejos tenían un peso extraordinario para David y Absalón. No significa que todas las decisiones de Ahitofel contaran con la aprobación de Dios. Necesitamos mantener clara esa distinción. Ser respetado por su sabiduría no elimina la necesidad de que una persona someta sus propias decisiones al Señor.

Luego, 2 Samuel 17:23 relata la muerte de Ahitofel por suicidio después de que no siguieran su consejo. Al pastor Chavis le impresiona el contraste entre estos pasajes. Un hombre cuyos consejos eran profundamente respetados llegó a un final trágico. Que estos versículos aparezcan separados por un solo capítulo no nos dice que su lucha interior se desarrollara de la noche a la mañana. Sin embargo, sí nos pide mirar más allá de la confianza que depositamos en la utilidad pública de alguien. Una voz respetada puede pertenecer a una persona que lleva un dolor que otros no comprenden.

Respuesta personal

La predicación relaciona a Ahitofel con Betsabé mediante los datos familiares de 2

Samuel 23:34 y 2 Samuel 11:3. Eliam es nombrado como hijo de Ahitofel, y Betsabé es identificada como hija de Eliam. El pastor Chavis considera ese vínculo familiar junto con el mal que hizo David y sugiere que un agravio personal ayuda a explicar las acciones posteriores de Ahitofel. Debemos reconocer que esta es la interpretación de la predicación. Los pasajes citados no nos ofrecen un relato directo de los pensamientos privados de Ahitofel ni dicen explícitamente que su motivo fuera el resentimiento por lo sucedido con Betsabé.

Mantener ese límite no elimina la lección que el predicador quiere que consideremos. Todavía podemos preguntar qué sucede cuando una experiencia dolorosa queda sin atender debajo de una función respetada. Otras personas pueden seguir buscando nuestro consejo porque nuestros conocimientos les resultan útiles. Podemos seguir hablando bien, haciendo buenos planes o comprendiendo una situación difícil. Ninguna de esas capacidades demuestra que nuestro propio corazón esté en paz. Podemos ayudar a alguien a reconocer un peligro mientras evitamos prestar esa misma atención sincera a nuestra propia vida.

Para quienes llevamos años sirviendo, el hecho de que nos necesiten puede hacer esto especialmente difícil. Podemos sentir la responsabilidad de mantenernos firmes para todos los demás. Quizá nos preocupe que admitir nuestro dolor debilite la confianza de las personas en nosotros. Incluso podríamos interpretar el seguir siendo útiles como prueba de que no hay nada serio que atender. Sin embargo, las personas a las que ayudamos no pueden responder a Dios personalmente por nosotros. Una función puede darnos un lugar para servir, pero no debe convertirse en un lugar para escondernos. Necesitamos a alguien digno de confianza con quien podamos hablar con sinceridad.

Respuesta personal

También debemos tratar con cuidado la muerte de Ahitofel. Este relato no nos da

una explicación completa de por qué las personas mueren por suicidio, y no debemos utilizarlo para juzgar a todas las personas que han sufrido de esa manera. No podemos determinar la condición eterna de otra persona a partir de este pasaje. Si nuestro dolor incluye pensamientos de poner fin a nuestra propia vida, necesitamos decírselo a una persona de confianza y buscar ayuda profesional urgente. Si hay un peligro inmediato, debemos comunicarnos con los servicios de emergencia. Buscar ayuda es una respuesta necesaria ante el peligro, no una razón para sentir vergüenza delante de Dios.

El llamado del estudio es a ser sinceros mientras podamos recibir ayuda. No necesitamos esperar hasta que nuestra angustia sea visible para todos. Podemos decirle a Dios que estamos luchando, aunque ayer hayamos animado a otra persona. Podemos pedir oración sin hacer que nuestra necesidad parezca pequeña. Podemos aceptar apoyo práctico sin tratarlo como una falta de fortaleza espiritual. Nuestro esfuerzo por parecer ajenos a las dificultades no debe mantener separadas a la persona que otros ven y a la persona que Dios conoce.

Preguntémonos si hay algo que hemos intentado llevar escondido detrás de nuestra capacidad. ¿Qué diríamos si alguien a quien amamos estuviera enfrentando la misma lucha? ¿Le diríamos que siguiera ayudando a todos los demás y no dijera nada? ¿O lo animaríamos a tener una conversación sincera y buscar ayuda apropiada? Podemos recibir el cuidado que ofreceríamos. La advertencia de la historia de Ahitofel nos llama a tomar en serio la vida oculta, sin suponer que un don, un cargo o una buena reputación pueden cuidarla por nosotros.

Respuesta personal

7 / 18 Elegir nuestra respuesta a las acciones de otra persona

El primer punto práctico del mensaje tiene que ver con la responsabilidad. Otra persona puede hacer algo malo, pero esa acción no hace que cualquier respuesta nuestra sea correcta. Podemos comprender esto claramente cuando observamos una discusión desde afuera. Resulta más difícil cuando somos nosotros quienes nos sentimos insultados, traicionados o menospreciados. En ese momento, la venganza puede parecernos justicia. Podemos empezar a elegir palabras por su capacidad de herir, en lugar de elegirlas por su capacidad de decir la verdad o encaminar la situación hacia lo correcto.

El pastor Chavis utiliza el ejemplo de responder a un comentario público ofensivo con otro insulto. La situación nos resulta familiar, pero la lección va más allá de una pantalla. Podemos tomar represalias mediante el silencio, los chismes, una broma cruel o la decisión de negar ayuda. A veces esperamos a que haya otras personas presentes antes de corregir a alguien porque queremos que la vergüenza forme parte del castigo. La acción externa puede parecer pequeña. Necesitamos examinar el propósito que hay detrás. ¿Estamos atendiendo un problema o preparando un momento en el que la otra persona sienta el mismo dolor que nosotros?

Respuesta personal

No siempre podemos impedir que llegue un sentimiento intenso. Tampoco podemos

borrar las consecuencias de un daño grave simplemente decidiendo que otra persona ya no influirá en nosotros. El dolor puede persistir aun cuando procuramos sinceramente responder bien. Nuestra responsabilidad es más práctica que eso. Podemos buscar ayuda con las consecuencias que no podemos manejar solos y actuar con cuidado ante las decisiones que tenemos delante. No tenemos que tratar un sentimiento doloroso como una orden que debe obedecerse de inmediato.

Una pausa puede dejar espacio para ese cuidado. Quizá necesitemos salir de una discusión antes de que se vuelva cruel, esperar antes de enviar un mensaje o pedirle a alguien sabio que nos ayude a comprender lo que pasó. La pausa no debe convertirse en una forma de evitar toda conversación necesaria. Su propósito es impedir que la urgencia decida nuestra conducta. Podemos preguntar qué es verdad, qué nos corresponde atender y qué resultado estamos buscando. Esas preguntas pueden revelar que la respuesta que deseábamos al principio solo añadiría otro mal a la situación.

La predicación nos anima a hablar con Jesús de lo que las personas han hecho. En la oración podemos describir lo ocurrido sin fingir que ya estamos tranquilos. Podemos admitir que queremos responder con dureza o hacer que alguien se sienta insignificante. Reconocer ese deseo nos permite pedir ayuda en lugar de revestirlo de lenguaje espiritual. Tal vez descubramos que hemos llamado preocupación por la verdad a nuestro enojo mientras prestamos poca atención a si nuestras palabras son veraces, necesarias o justas.

Respuesta personal

También habrá momentos en los que sea necesario responder. Rechazar las

represalias no significa negarnos a denunciar el abuso, corregir una afirmación falsa o establecer un límite claro. El silencio no siempre es pacífico, y hablar no siempre es venganza. Necesitamos examinar el contenido y el propósito de lo que hacemos. Una denuncia veraz puede proteger a las personas. Una conversación directa puede atender un mal real. Podemos dar esos pasos sin añadir motivos inventados, detalles humillantes ni amenazas que solo sirvan a nuestro deseo de herir.

Puede ayudarnos separar el mal original de la siguiente decisión. No nos volvemos responsables de haber causado el daño simplemente porque seamos responsables de cómo respondemos ahora. Al mismo tiempo, haber sufrido una injusticia no elimina nuestra responsabilidad por el daño que causemos después. Si hemos respondido a la crueldad con crueldad, podemos reconocer nuestra parte sin fingir que el primer mal nunca ocurrió. Esto es difícil porque a menudo queremos que se escuche toda la historia antes de admitir algo. Dios puede ayudarnos a decir toda la verdad, incluida la parte que nos confronta.

Pensemos en una respuesta que estamos preparando. ¿Qué esperamos que sienta la otra persona cuando la reciba? ¿Qué cambiaría si nuestra meta fuera la verdad y la protección, en lugar del castigo? Quizá necesitemos revisar un mensaje, elegir un entorno más seguro o decidir no responder. Quizá necesitemos buscar apoyo antes de actuar. Cualquiera que sea el paso, podemos negarnos a entregar nuestra conducta a la conducta ajena. El mal que otros hicieron no tiene por qué convertirse en el patrón de nuestra próxima decisión.

Respuesta personal

8 / 18 Dejar la venganza en manos de Dios

Romanos 12 le da a la predicación una dirección clara para responder a quienes han hecho mal. Debemos leer el pasaje completo despacio, porque sus instrucciones van juntas. La paz, el rechazo de la venganza personal y la práctica activa del bien forman parte de una misma respuesta. Quizá queramos conservar la instrucción que nos resulta más fácil y dejar de lado la que alcanza nuestra lucha actual. El pasaje nos pide más que evitar un arrebato evidente. Habla del lugar que le damos a la venganza en nuestros pensamientos y planes.

Romanos 12:18 RVR1960 Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.

Romanos 12:19 RVR1960 No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

Romanos 12:20 RVR1960 Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.

Respuesta personal

Romanos 12:21 RVR1960 No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.

Las palabras «en cuanto dependa de vosotros» nos ayudan a comprender nuestra responsabilidad. Debemos buscar la paz con seriedad, pero no podemos hacer que otra persona se vuelva sincera, colaboradora o segura para nosotros. Podemos hacer lo correcto y aun así recibir hostilidad. Podemos ofrecer una conversación justa y encontrarnos con que la otra persona la rechaza. La paz implica más que nuestros deseos, y este versículo reconoce un límite a lo que podemos lograr. No debemos abandonar nuestra propia responsabilidad ni atribuirnos la responsabilidad por el rechazo de otra persona.

Dejar la venganza en manos de Dios nos pide renunciar a otra clase de control. Quizá queramos decidir cuánto sufrimiento sería un pago suficiente por lo sucedido. Tal vez imaginamos una disculpa pública, la pérdida de un puesto o un momento en el que todos finalmente reconozcan que teníamos razón. Aun si ocurre una de esas cosas, el deseo de venganza puede exigir más. Necesitamos reconocer cuándo nuestra esperanza de paz ha quedado atada a provocar el dolor de alguien. Esa es una carga que el pasaje no nos manda llevar.

No nos corresponde administrar el juicio de Dios. No necesitamos aconsejarle con qué rapidez debería sufrir alguien ni vigilar cada contratiempo como prueba de que finalmente nos está escuchando. Una oración que parece entregar a una persona a Dios todavía puede estar llena de instrucciones acerca de su castigo. Podemos decir que dejamos el asunto en manos de Dios mientras seguimos pendientes del resultado que nosotros elegimos. La entrega llega más hondo cuando admitimos que Él sabe lo que nosotros no sabemos y que nuestro enojo no nos capacita para ocupar su lugar.

Respuesta personal

Esto no significa que las malas acciones deban quedar sin consecuencias en esta

tierra. Una persona puede necesitar recibir una corrección basada en la verdad, perder una responsabilidad de la que ha abusado o responder ante las autoridades correspondientes. Buscar una respuesta justa por los medios adecuados es diferente de nombrarnos a nosotros mismos para infligir sufrimiento. La diferencia merece una atención sincera, no una frase simplista. Podemos preguntarnos si estamos presentando los hechos con exactitud, buscando protección donde hace falta y aceptando un proceso que no existe solamente para satisfacer nuestro enojo.

La predicación advierte que una vida organizada alrededor de la venganza permanece atada a la herida original. Nuestros días se llenan de planes acerca de alguien que desearíamos que no tuviera influencia sobre nosotros. Podemos desatender las relaciones presentes porque estamos ensayando una confrontación futura. Podemos dejar de reconocer una oportunidad para servir porque estamos pendientes del fracaso de la otra persona. Renunciar a la venganza personal abre espacio para usar nuestra atención de otra manera. Podemos comenzar a considerar qué requiere la fidelidad hoy, en lugar de convertir cada día en una prolongación de la antigua disputa.

Pongamos en palabras el resultado que hemos estado exigiendo. ¿Estamos pidiendo algo necesario para proteger a las personas y decir la verdad, o insistimos en que alguien sufra antes de permitirnos vivir? Podemos presentar esa distinción delante de Dios sin fingir que es fácil. Tal vez necesitemos entregar el mismo deseo más de una vez. Cada vez que nos negamos a alimentar un plan de venganza, podemos volver a la responsabilidad que el pasaje nos da: buscar la paz en cuanto dependa de nosotros y dejar el juicio de Dios en sus manos.

Respuesta personal

9 / 18 Vencer el mal con el bien

Romanos 12:20 pasa de rechazar la venganza a responder a la necesidad de un enemigo. El hambre y la sed son asuntos prácticos. La instrucción no se queda en decir que tenemos un corazón bondadoso. Nos pregunta qué haremos cuando podamos ofrecer algo útil a una persona que no nos ha tratado bien. Esto puede revelar cuántos límites le hemos puesto a nuestra bondad. Podemos ser generosos con quienes nos aprecian mientras sentimos que la necesidad de un enemigo es una oportunidad para verlo sufrir.

Debemos prestar atención al tipo de respuesta que describe el pasaje. Dar de comer a alguien que tiene hambre atiende su necesidad. No convierte la ayuda en una recompensa por estar de acuerdo con nosotros o reconocer nuestra importancia. No se nos pide que escribamos una descripción halagadora de la conducta de esa persona. Se nos pide rechazar la idea de que el mal cometido nos da permiso para disfrutar del sufrimiento ajeno. Esa puede ser una forma de obediencia exigente cuando creemos que por fin tenemos la ventaja.

La referencia a las ascuas de fuego puede tentarnos a convertir la bondad en otra forma de venganza. Quizá nos interese cuánto avergonzará nuestra bondad a la otra persona. Pero el versículo 21 nos dirige a vencer el mal con el bien. Si nuestro propósito oculto sigue siendo causar dolor, no hemos dejado realmente el castigo en manos de Dios. No debemos utilizar una acción útil como una manera ingeniosa de continuar la misma hostilidad. El pasaje nos llama a un bien que siga siendo bueno tanto en su propósito como en su apariencia.

Respuesta personal

Hay oportunidades cotidianas para examinar esto. Podemos escuchar una

acusación injusta contra alguien que nos ha tratado injustamente. ¿La corregiremos? Tal vez podamos compartir información que le permita evitar una dificultad innecesaria. ¿La ocultaremos simplemente porque podemos hacerlo? Quizá no tengamos el deber de involucrarnos de cerca y, aun así, tengamos la posibilidad de decidir si añadiremos más daño. Negarnos a difundir una mentira acerca de un enemigo es una manera de practicar la bondad sin fingir que la confianza se ha restablecido.

También necesitamos sabiduría para saber qué ayuda es segura y apropiada. La bondad no exige dar a una persona dañina acceso ilimitado a nuestro hogar, nuestras finanzas o nuestra vida privada. Cuando el contacto no es seguro, quizá la ayuda deba llegar por medio de otra persona o no nos corresponda ofrecerla directamente. El llamado del pasaje a la paz debe leerse junto con su reconocimiento de lo que es posible. Podemos mantener un límite necesario sin convertirlo en excusa para la crueldad. También podemos rechazar una exigencia que utilice lenguaje espiritual para presionarnos a entrar en peligro.

A veces, la pregunta que más nos lleva a examinarnos es qué queremos que suceda después de hacer el bien. ¿Esperamos gratitud inmediata? ¿Estamos esperando que la otra persona admita que somos mejores cristianos? ¿Volveremos a enojarnos si nuestra bondad pasa inadvertida? Estas expectativas muestran con qué facilidad una buena acción puede convertirse en un trato. Podemos obedecer sin controlar la respuesta. El valor de hacer lo correcto no desaparece porque alguien lo reciba mal o no reconozca lo que nos costó.

Consideremos una situación en la que hemos estado esperando que un enemigo tenga dificultades. ¿Cómo sería una buena respuesta en ese caso? Puede ser algo visible, como atender una necesidad real de una manera segura. Puede ser algo menos visible, como negarnos a celebrar la desgracia o corregir nuestra propia versión exagerada. No necesitamos provocar un encuentro innecesario para demostrar nuestro perdón. Podemos comenzar con la oportunidad que ya tenemos delante y preguntarnos si nuestra próxima acción añadirá más mal o responderá con el bien.

10 / 18 Recordar la misericordia que hemos recibido

El tercer punto práctico de la predicación dirige nuestra atención hacia nuestra propia necesidad de misericordia. El pastor Chavis lee 1 Corintios 6:9–11 y se detiene en las palabras «Y esto erais algunos». Pablo ha mencionado malas acciones que no deben tomarse a la ligera. Luego les recuerda a los creyentes que algunas de esas descripciones corresponden a su propio pasado. Recordar esto nos impide hablar como si siempre hubiéramos estado por encima de las personas cuyas faltas reconocemos fácilmente.

El mensaje también recuerda las palabras de Romanos 3:23: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». Esta verdad nos alcanza personalmente. Podemos estar de acuerdo con ella en términos generales y, al mismo tiempo, hacer una excepción en la disputa que más nos ocupa. Podemos concentrarnos tanto en la conducta ajena que perdamos de vista nuestra propia necesidad de perdón. Recordar la misericordia no aclara todos los hechos de esa disputa. Cambia la posición desde la cual nos acercamos a ella. Nos acercamos como personas que también hemos necesitado gracia.

Quizá recordemos una ocasión en la que queríamos que alguien viera en nosotros algo más que lo peor que habíamos hecho. Queríamos la oportunidad de decir la verdad, arrepentirnos y vivir de otra manera. No queríamos que una sola falta se convirtiera en la única versión de nosotros que los demás aceptarían. Ese recuerdo puede ablandar el orgullo con el que describimos a otra persona. Todavía podemos nombrar el mal con claridad. Pero debemos tener cuidado de no decidir que esa persona es incapaz de arrepentirse para siempre o que todo lo bueno en su vida debe ser falso.

Al mismo tiempo, compartir la necesidad de misericordia no hace que todos los

actos dañinos sean iguales. Un comentario descuidado y un patrón repetido de abuso no se convierten en lo mismo porque todos hayan pecado. Nunca debemos utilizar nuestras propias imperfecciones para restarle importancia a un mal grave ni para decirle a una persona herida que pedir protección es orgullo. La misericordia nos aparta de creernos superiores moralmente, no de la verdad. La gravedad de una acción y la necesidad de consecuencias apropiadas siguen siendo importantes aun cuando se ofrece un perdón sincero.

Esta distinción nos ayuda a escuchar lo que la predicación dice acerca de David. El pastor Chavis nos recuerda que el mal que David hizo fue grave y que el arrepentimiento formó parte de su historia. El mensaje nos pregunta si hemos dejado espacio para la posibilidad de que alguien contra quien guardamos resentimiento se haya presentado sinceramente delante de Dios. Tal vez no sepamos qué ha ocurrido en la oración privada de esa persona. No debemos inventar un arrepentimiento del que no hay evidencia, pero tampoco debemos afirmar que sabemos que Dios no puede obrar en una vida que ya no comprendemos. Nuestro conocimiento tiene límites.

Recordar la misericordia también debe acercarnos a asumir la responsabilidad por el daño que hemos causado. Podemos pasar años deseando que alguien reconozca nuestro dolor mientras nos negamos a reconocer el dolor causado por nuestras palabras. Quizá hayamos repetido una historia cruel, involucrado a personas que no tenían por qué participar en la disputa o tratado una relación presente como si fuera culpable de una traición antigua. Podemos confesar esas decisiones directamente. Una disculpa sincera no necesita comenzar demostrando cuánto más culpable fue la otra persona. Podemos asumir nuestra parte sin reacomodar toda la historia.

Recordemos una manera concreta en que Dios nos ha mostrado misericordia. ¿Qué necesitábamos en aquel momento? ¿Qué esperábamos que los demás comprendieran? Ahora consideremos si ese recuerdo cambia nuestra manera de hablar acerca de una persona que ha fallado. Quizá todavía necesitemos un límite. Quizá todavía haga falta atender un asunto grave. Sin embargo, podemos hacer esas cosas sin disfrutar de la idea de que otro ser humano no tiene esperanza. La misericordia que hemos recibido debe seguir presente en nuestra manera de buscar la verdad y responder al mal.

11 / 18 Perdonar sin ocultar la verdad

La predicación pasa de recordar la misericordia a una respuesta activa. Es posible decir que creemos en el perdón mientras nos negamos a considerar qué significaría perdonar a una persona concreta. Tal vez prefiramos mantener el tema en términos generales porque una decisión real nos costaría algo. Quizá tendríamos que dejar de sacar a relucir una falta antigua para ganar cada discusión nueva. Quizá tendríamos que renunciar a una historia que nos ha hecho sentir moralmente superiores. Quizá tendríamos que admitir que ya no necesitamos supervisar el castigo de otra persona.

El perdón nos pide renunciar a la venganza personal. No nos pide negar lo ocurrido, cambiar los hechos ni aceptar una culpa que pertenece a otra persona. Debemos poder nombrar con verdad lo que pasó mientras le pedimos a Dios que impida que el odio nos dirija. Algunas heridas siguen doliendo después de que hemos comenzado a responder así. Tal vez necesitemos tiempo, oración y apoyo mientras aprendemos a vivir de otra manera. Que el dolor regrese no significa automáticamente que nuestra oración anterior fuera falsa. Puede mostrarnos otro lugar donde todavía hace falta cuidado.

Respuesta personal

El mensaje se refiere a la instrucción de Jesús en Mateo 5:23–24 acerca de recordar,

al estar ante el altar, que un hermano tiene algo contra nosotros. Necesitamos escuchar esa instrucción con cuidado. La situación trata de una queja contra la persona que lleva la ofrenda. Jesús le indica a esa persona que busque la reconciliación. El pasaje no nos dice que supongamos que la persona herida causó el mal, ni exige que confesemos una ofensa que no cometimos. Nos insta a tomar en serio el agravio de otra persona en lugar de utilizar la adoración para evitar atenderlo.

Esto puede resultar incómodo para los cristianos con experiencia. Podemos estar preparando una lección, dirigiendo la oración o desempeñando una responsabilidad de confianza mientras dejamos pendiente una disculpa sincera. Quizá esperemos que nuestro servicio continuo demuestre que nuestras intenciones eran buenas. Pero el trabajo útil no puede pronunciar las palabras que le debemos a alguien. Si sabemos que hemos actuado mal, podemos reconocer la acción con claridad. Podemos escuchar sin corregir de inmediato los sentimientos de la persona herida. Podemos preguntar qué necesita repararse y aceptar que la confianza quizá requiera más que una conversación sincera.

Cuando somos nosotros la persona herida, buscar la paz puede tomar una forma diferente. Tal vez podamos tener una conversación directa y sincera en la que describamos el mal y expresemos que estamos renunciando a la venganza. En otra situación, el contacto directo podría exponernos a más manipulación o daño. El pastor Chavis anima a las personas a comunicar su perdón, pero debemos aplicar ese consejo con cuidado. No necesitamos una reunión, llamada o mensaje que nos ponga en peligro para que el perdón sea real. Un consejero de confianza u otro apoyo apropiado puede ayudarnos a decidir qué contacto sería prudente, si es que conviene tener alguno.

Respuesta personal

El perdón y la confianza restablecida no deben tratarse como una misma decisión.

La confianza tiene que ver con aquello de lo que podemos depender responsablemente en el futuro. Puede crecer a medida que una persona se vuelve sincera, acepta las consecuencias y demuestra un cambio. Cuando faltan esas cosas, la relación puede seguir siendo limitada. La reconciliación también requiere más que la disposición de una sola persona. Podemos dejar de buscar venganza sin afirmar que una relación ya se ha reparado. Romanos 12:18 nos ayuda a mantener juntas estas verdades al pedirnos paz en cuanto dependa de nosotros, reconociendo al mismo tiempo lo que es posible.

También debemos tener cuidado de no convertir el perdón en una exigencia que imponemos a alguien a quien hemos lastimado. Si somos responsables de un mal, nuestra tarea es reconocerlo y aceptar que debemos responder debidamente por él. No nos corresponde decidir con qué rapidez la otra persona debería sentirse segura, retomar el contacto o hablar de nosotros con afecto. El lenguaje religioso puede convertirse en otra forma de evitar la responsabilidad si lo utilizamos para apresurar a alguien a dejar atrás los efectos de nuestras acciones. Recordar la misericordia debe hacernos más humildes respecto de lo que pedimos a los demás, no hacernos sentir con más derecho a su confianza.

Preguntémonos cómo sería un paso sincero hacia la paz en nuestra situación. Quizá necesitemos disculparnos sin defendernos. Quizá necesitemos dejar de repasar un plan de castigo. Quizá necesitemos ayuda para establecer un límite que permita decir la verdad de manera segura. Tal vez no podamos restaurar toda la relación. Aun así, podemos responder fielmente dentro de la responsabilidad que realmente tenemos. El perdón se vuelve práctico cuando dejamos de pedirle que oculte la realidad y permitimos que cambie nuestro propósito dentro de esa realidad.

Respuesta personal

12 / 18 Cuidar el corazón cada día

El pastor Chavis utiliza su jardín para ilustrar la diferencia entre permitir un crecimiento no deseado y cuidar lo que es bueno. Las malas hierbas pueden extenderse mientras el dueño está ocupado en otra parte. Un césped sano requiere atención. No necesitamos convertir cada detalle de la comparación en una regla espiritual. Su enseñanza útil es que el descuido no deja un jardín sin cambios. De la misma manera, evitar un resentimiento antiguo no necesariamente lo mantiene pequeño. El paso del tiempo y la sanidad no siempre son lo mismo.

Podemos confundir la calma con el progreso. Cierta persona no se ha comunicado con nosotros, así que últimamente no hemos sentido enojo. No se ha mencionado un tema difícil, así que suponemos que ya no nos afecta. Entonces, una conversación trae de vuelta el mismo deseo intenso de tomar represalias. Ese momento no tiene por qué convertirse en motivo de desesperación. Puede mostrarnos que algo todavía necesita atención. Podemos volver a la oración y a la reflexión sincera en lugar de decidir que tenemos que estar completamente sanos o que no hemos avanzado nada.

Hebreos 12:14 nos da una dirección positiva: «Seguid la paz con todos, y la santidad». No solo estamos intentando eliminar un sentimiento no deseado. Estamos aprendiendo a buscar una forma de vida que agrade al Señor. La paz tiene que ver con nuestra respuesta a los demás. La santidad presenta nuestras decisiones delante de Dios. Mantenerlas juntas nos impide llamar pacífico a todo arreglo silencioso o justo a todo trato duro. Necesitamos verdad en nuestras relaciones y un corazón dispuesto a ser corregido en la manera de buscar esa verdad.

La atención diaria puede comenzar con las palabras que repetimos. ¿Cómo

contamos la historia del dolor cuando alguien nos pregunta? ¿Añadimos detalles que hacen quedar peor a la otra persona? ¿Omitimos algo que haría más preciso el relato? ¿Utilizamos una nueva conversación como otra oportunidad para buscar compasión? Tal vez necesitemos contar la historia para recibir ayuda, y no debemos avergonzarnos de hacerlo. La pregunta es si contarla está al servicio de la verdad y del cuidado, o si mantiene nuestro deseo de venganza alimentado con una atención renovada.

También podemos observar qué sucede después de las decepciones cotidianas. Una respuesta que tarda en llegar, un cambio de planes o una corrección en la iglesia pueden despertar un temor antiguo a ser menospreciados. Antes de decidir que la persona de ahora ha repetido el mal del pasado, podemos preguntarnos qué sabemos realmente. Esto no es una exigencia de ignorar las señales de advertencia. Es una invitación a juzgar con justicia la situación presente. Las personas que no causaron la herida original no deberían heredar automáticamente la responsabilidad por ella. Ser justos con ellas quizá requiera paciencia con nosotros mismos mientras aprendemos a responder de otra manera.

La oración forma parte de este cuidado diario aun cuando no haya un momento extraordinario. Podemos decirle a Dios qué notamos ese día, dónde resistimos la venganza y dónde fallamos. Podemos volver a los pasajes de este estudio en lugar de depender únicamente de nuestro recuerdo de una predicación. Quizá necesitemos conversar con regularidad con alguien digno de confianza que no alimente nuestro resentimiento ni minimice nuestro dolor. Esa atención nos ayuda a responder antes de que una pequeña decisión se convierta en otro hábito arraigado. Estamos aprendiendo a ser diligentes, en lugar de simplemente sentir alivio cuando pasa la tensión.

Elijamos un momento de nuestro día habitual en el que podamos examinar cómo estamos respondiendo. Podemos considerar una conversación antes de que comience o revisar nuestras palabras antes de que termine el día. ¿Qué alimentamos con nuestra atención? ¿Dónde buscamos la paz con sinceridad? ¿Qué necesita confesión o ayuda? Una respuesta breve y sincera es más útil que una larga promesa de no volver a luchar jamás. Cuidamos el corazón al volver a Dios con lo que realmente está creciendo allí y mantenernos dispuestos a que Él cambie nuestra manera de vivir.

13 / 18 Aprender de la respuesta de José

La historia de José ofrece a la predicación una imagen amplia de alguien que tuvo repetidas oportunidades de llenarse de amargura. Sus hermanos se volvieron contra él, y fue vendido como esclavo. En la casa de Potifar, una acusación falsa lo llevó a la cárcel. Más tarde, alguien a quien había ayudado no se acordó de él cuando esa ayuda podría haber cambiado sus circunstancias. El pastor Chavis recorre estos acontecimientos para mostrar que a una experiencia dolorosa le siguió otra. José no enfrentó una sola decepción que pudiera dejar atrás de manera ordenada antes de que comenzara la siguiente etapa de su vida.

Debemos mantener clara la gravedad de esos hechos. La traición familiar, la pérdida de la libertad y una acusación falsa no son pequeños inconvenientes. Llamarlos oportunidades de crecimiento no debe hacerlos parecer inofensivos. La predicación pregunta qué hizo José dentro de esas circunstancias, no si sus hermanos y los demás tenían razón al maltratarlo. Podemos reconocer tanto el mal cometido como una respuesta fiel dentro del mismo relato. No tenemos que reducir el mal para apreciar el carácter que mostró la persona que lo sufrió.

Respuesta personal

Un aspecto importante de la historia es que José siguió respondiendo a sus

responsabilidades y a las personas antes de que sus circunstancias se volvieran justas. En el relato de la cárcel, la predicación destaca su preocupación por dos hombres angustiados y su respuesta a sus sueños. Tenía necesidades propias y, aun así, notó que alguien más estaba afligido. Esto nos plantea una pregunta que vale la pena considerar con cuidado. ¿Nos hemos ocupado tanto de la persona que nos lastimó que ya no vemos a nadie que pudiera necesitar nuestra ayuda? El dolor merece cuidado, pero no tiene por qué convertirse en la única realidad que podemos ver.

No debemos convertir el ejemplo de José en una presión para servir más allá de nuestras fuerzas o ignorar la necesidad de descanso y protección. La enseñanza es que el mal cometido por otra persona no tiene por qué determinar todo el propósito de nuestra vida. Quizá todavía tengamos algo bueno que ofrecer dentro de los límites de nuestra situación actual. Puede ser una conversación atenta, una responsabilidad cumplida con honradez o negarnos a tratar a alguien con la misma falta de consideración que nosotros sufrimos. La fidelidad puede comenzar antes de que se haya resuelto el problema mayor.

La predicación luego nos lleva al cambio en la posición de José. Con el tiempo recibió autoridad en Egipto, y sus hermanos quedaron al alcance de esa autoridad. Esta es una prueba de otro tipo. Antes tenía poco poder sobre lo que le sucedía. Ahora contaba con los medios para afectar la vida de quienes le habían hecho daño. Podemos imaginar que la amargura solo es un peligro cuando nos sentimos débiles. Pero ganar influencia puede revelar lo que hemos estado protegiendo en el corazón. El poder crea oportunidades de llevar a cabo la venganza que antes solo podíamos imaginar.

Respuesta personal

El cuidado de José por su familia le da al mensaje su dirección esperanzadora.

Utilizó su posición para preservar la vida de quienes lo habían agraviado, en lugar de hacer de su necesidad una excusa para destruirlos. La predicación nos llama a buscar crecimiento en el lugar donde podría haber crecido la amargura. Para nosotros, eso puede significar tener más cuidado con la influencia que tenemos. ¿Nuestras experiencias dolorosas nos han enseñado a proteger a otros de un daño semejante, o nos han hecho desear que alguien más se sienta indefenso? La respuesta se verá en cómo usamos las oportunidades que tenemos delante.

También debemos evitar convertir la posición que José finalmente alcanzó en una promesa sobre nuestro propio futuro. La fidelidad no garantiza que recibiremos un ascenso público, éxito económico o un momento en el que todos reconozcan nuestra inocencia. El crecimiento que necesitamos quizá sea menos visible. Podemos volvernos más sinceros acerca de nuestros límites, más pacientes con el dolor de otra persona o menos dispuestos a usar la autoridad egoístamente. Esos cambios importan aun cuando la situación externa sigue siendo difícil. Podemos buscarlos sin exigir que nuestra historia siga cada giro de la historia de José.

Consideremos en qué clase de personas nos estamos convirtiendo al responder al mal que sufrimos. ¿Qué hemos aprendido que podría ayudarnos a cuidar a alguien más? ¿Qué hábito mostraría que la venganza está perdiendo su lugar en nuestras decisiones? No podemos convertir el hecho original en algo bueno por encontrar una lección en él. Podemos pedirle a Dios que nos ayude a vivir bien después de lo sucedido. La mejor respuesta que anima a dar la predicación es una decisión real de fidelidad, tomada con la ayuda de Dios, y no una explicación alegre que haga desaparecer el dolor.

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14 / 18 Orar mientras el alma sufre

El último punto práctico de la predicación es suficientemente sencillo para recordarlo y suficientemente profundo para seguir practicándolo: orar de todos modos. El pastor Chavis nos lleva a Ana en 1 Samuel 1. Ella estaba angustiada por no tener hijos, y el trato cruel de Penina aumentaba su tristeza. Su dificultad no era solamente un deseo no cumplido dentro de su propio corazón. La conducta de otra persona estaba haciendo el dolor más difícil de sobrellevar. Este contexto importa porque su oración no comenzó después de que la situación se hubiera vuelto amable o de que el dolor hubiera recibido una explicación.

Primero de Samuel 1:10 dice: «ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente». El versículo sitúa la angustia y la oración en el mismo momento. Ana no dejó de estar afligida primero para acercarse después a Dios. Se acercó mientras lloraba. La expresión «amargura de alma» describe su profunda angustia. No debemos suponer que significa que había elegido el odio o estaba planeando una venganza. Su ejemplo nos ayuda a comprender que un corazón herido puede volverse a Dios antes de que el dolor se haya calmado.

Esto cuestiona la creencia de que debemos sentirnos mejor antes de poder orar como es debido. Quizá posterguemos la oración porque estamos enojados, confundidos o cansados de repetir la misma preocupación. Tal vez pensemos que Dios espera una explicación serena cuando todo lo que podemos ofrecer es un relato entrecortado de lo sucedido. La oración de Ana nos da permiso para acercarnos con sinceridad. Podemos decirle al Señor que el dolor sigue presente, que no sabemos cómo manejar la próxima conversación o que necesitamos ayuda con el resentimiento que hemos empezado a notar.

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La sinceridad en la oración no significa que debamos actuar según cada deseo que

presentamos. Podemos decirle a Dios que queremos venganza sin tratar ese deseo como si fuera su dirección. Podemos confesar que deseamos que alguien fracase y pedirle que cambie nuestro propósito. La oración nos permite presentar el corazón que realmente tenemos, en lugar de mostrar el corazón que creemos que ya deberíamos tener. Si escondemos el deseo hasta haberlo corregido solos, evitamos precisamente el lugar al que se nos invita a buscar ayuda.

A veces utilizamos un lenguaje espiritual conocido para mantenernos a cierta distancia de una preocupación real. Le pedimos a Dios que bendiga a todos mientras nos negamos a nombrar a la persona contra la que guardamos resentimiento. Oramos por fortaleza sin admitir qué estamos tentados a hacer. Hablamos de paz mientras seguimos preparando una respuesta humillante. Una oración más sincera puede ser mucho más sencilla. Podemos describir lo ocurrido, nombrar el sentimiento y pedir ayuda con la decisión que tenemos delante. No estamos dándole a Dios información que desconoce. Estamos permitiendo que nuestra propia respuesta sea verdadera delante de Él.

El pastor Chavis destaca que la oración de Ana llegó a formar parte de una historia en la que Dios respondió a un deseo profundo de su corazón. Podemos recibir ánimo de eso sin prometer que toda oración dolorosa producirá el mismo tipo de milagro visible. La oración no es un método para hacer que Dios siga un calendario que nosotros hemos elegido. Podemos seguir orando mientras la respuesta aún no está clara. Quizá necesitemos fortaleza para dar un paso difícil, más que un cambio inmediato en la otra persona. La invitación a orar sigue siendo valiosa aun cuando no podemos predecir lo que sucederá después.

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También debemos permitir que la oración y la ayuda apropiada vayan juntas. Una

persona que carga con un duelo profundo, un trauma o una situación de peligro puede necesitar más apoyo del que ofrece un momento privado de oración. Buscar a un pastor de confianza, un consejero profesional cualificado u otra fuente apropiada de ayuda no hace menos sincera la oración. Podemos pedirle sabiduría a Dios mientras aceptamos el cuidado que tenemos a nuestro alcance. El ánimo de la predicación para seguir orando nunca debe convertirse en una razón para avergonzar a alguien por necesitar apoyo continuo ni para dejar sola a una persona con una lucha grave.

El mensaje también nos insta a no dejar que el dolor nos aleje de la adoración y la comunión con otros creyentes. Cuando las personas nos han herido, podemos empezar a asociar toda expresión de fe con quienes fueron responsables. Necesitamos cuidado para distinguir al Señor del mal que hacen quienes afirman servirlo. Esto no exige permanecer en una congregación insegura ni volver a un líder dañino. Significa que podemos buscar un lugar seguro para orar, recibir la Palabra y compartir la vida con creyentes dignos de confianza, en lugar de suponer que toda relación espiritual tiene que repetir el mismo daño.

Oremos antes de sentirnos preparados para explicarlo todo. Podemos comenzar con lo que sabemos: estamos sufriendo, necesitamos ayuda y no queremos que el resentimiento decida nuestra conducta. Podemos pedir valor para decir la verdad y paciencia para dar el siguiente paso sin exigir que desaparezca cada sentimiento. Ana lloró y oró. Nosotros también podemos traer nuestras lágrimas. La decisión que tenemos delante no es si sufrir u orar. Mientras sufrimos, todavía podemos volvernos al Señor.

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15 / 18 Mantener nuestro futuro abierto a Dios

El llamado final de la predicación mira hacia la vida que todavía tiene por delante quien escucha. El pastor Chavis advierte que un dolor antiguo puede interferir con las relaciones, el servicio y la disposición a responder a Dios. Podemos seguir asistiendo a la iglesia mientras permitimos que un capítulo doloroso decida lo que creemos acerca de cada nueva persona y oportunidad. La pregunta va más allá de si hemos dejado una congregación o hemos dejado de hacer un trabajo visible. Necesitamos preguntarnos si nuestro corazón se ha cerrado en áreas donde Dios todavía nos llama a confiar y obedecer.

Esto puede suceder gradualmente. Decidimos no volver a acercarnos a nadie. Rechazamos toda responsabilidad porque un líder anterior nos trató injustamente. Suponemos que la corrección siempre esconde rechazo. Estas decisiones quizá comenzaron como intentos de protegernos. Algunos límites son necesarios y deben mantenerse. Pero necesitamos ayuda para distinguir entre una protección sabia y una regla que excluye toda posibilidad de bien. Un límite debe responder a un riesgo real, no condenar automáticamente a personas y situaciones que todavía no hemos considerado con justicia.

Mantener nuestro futuro abierto a Dios no significa volver a la misma función o relación. El siguiente paso fiel puede ser diferente de la vida que esperábamos antes de la herida. Quizá necesitemos alejarnos por un tiempo de cierta responsabilidad, buscar otro entorno para la comunión con otros creyentes o trabajar con paciencia en reconstruir la confianza. No debemos medir la restauración únicamente por si todo vuelve a su forma anterior. Lo importante es que sigamos dispuestos a seguir al Señor con sinceridad, en lugar de hacer de la amargura la autoridad final sobre lo que recibiremos de Él.

También necesitamos evitar que nuestra utilidad se convierta en la razón por la que

nuestra vida importa. La predicación habla con urgencia de los dones y el ministerio porque el dolor puede afectar el bien que una persona podría hacer. Sin embargo, no debemos escucharlo como una presión para producir algo impresionante antes de merecer cuidado. Necesitamos cuidado como personas, también en las temporadas en las que nuestra capacidad para servir es limitada. Recibir ayuda puede ser en sí mismo una respuesta fiel. Podemos dejar de tratar nuestras heridas como una molestia que hay que esconder para que el trabajo de todos los demás pueda continuar.

A medida que avanzamos, el progreso puede verse en cambios pequeños. Contamos la historia de una manera más justa. Hacemos una pausa antes de responder. Dejamos de pedirles a los amigos en común que tomen partido. Reconocemos la bondad de una persona del presente sin compararla de inmediato con alguien del pasado. Estos cambios no borran lo ocurrido. Muestran que el mal antiguo tiene cada vez menos capacidad para organizar cada respuesta nueva. Podemos darle gracias a Dios por ellos sin fingir que todo el trabajo ha terminado ni que otro día difícil los dejaría sin valor.

También puede haber momentos en los que necesitemos comenzar de nuevo. Un encuentro inesperado o una fecha significativa puede traer de vuelta sentimientos que creíamos que se habían calmado. Podemos responder con las mismas prácticas que este estudio ha considerado. Podemos orar con sinceridad, rechazar la venganza, buscar apoyo apropiado y cuidar la siguiente decisión. Una lucha que regresa es una razón para renovar la atención. No necesitamos convertirla en un veredicto contra toda nuestra relación con Dios. El llamado a la diligencia deja lugar para un cuidado continuo, en vez de un solo momento después del cual nunca volvamos a luchar.

Preguntémonos qué hemos estado rechazando a causa de una herida antigua. ¿Ese rechazo nos protege de un peligro real o se ha convertido en una respuesta que damos antes de considerar la situación presente? Podemos llevar esa pregunta a Dios y a alguien digno de confianza que conozca lo suficiente para ayudarnos a pensar con claridad. No necesitamos apresurarnos a asumir un compromiso nuevo para demostrar que hemos cambiado. Necesitamos un corazón dispuesto, preparado para recibir dirección y dar el siguiente paso de fidelidad. Nuestro pasado merece un relato sincero, pero no tiene que proporcionar todas las respuestas acerca de nuestro futuro.

16 / 18 Reflexión

Respuesta personal

1Volvamos a la advertencia acerca de la raíz de amargura y mantengamos nuestra propia vida en mente. ¿Qué hecho o relación nos vino a la mente con más frecuencia mientras leíamos? ¿Qué creemos que perdimos a través de esa experiencia? ¿Nos hemos permitido describir la pérdida con sinceridad o hemos intentado parecer más fuertes de lo que nos sentimos? Podemos escribir acerca de ella sin añadir una acusación que no podemos respaldar y sin minimizar algo que realmente nos hizo daño. Un relato veraz nos da un punto de partida más claro para orar.

2Ahora consideremos nuestra respuesta presente. ¿Dónde hemos buscado protección y dónde hemos buscado venganza? ¿Hemos tratado a alguien que no causó la herida original como si fuera responsable de ella? ¿Qué revelan nuestras palabras repetidas acerca de lo que estamos alimentando? Podemos hacernos estas preguntas sin volvernos responsables del mal que hizo otra persona. Estamos examinando las decisiones que nos corresponden ahora.

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3Por último, ¿qué parte de la dirección de la predicación necesitamos practicar más? ¿Necesitamos hacer una pausa antes de responder, abandonar un plan de castigo, recordar la misericordia, buscar crecimiento u orar mientras sufrimos? ¿Qué ayuda haría ese paso más sabio y seguro? Podemos nombrar a una persona con quien hablar, una conversación que necesita cuidado o un hábito que debemos cambiar. Pidamos una respuesta que podamos vivir, no solamente escribir. ¿Cómo será la obediencia en el próximo momento cotidiano en que recordemos el dolor?

Conclusión

4La batalla contra la amargura nos llama a cuidar el corazón mientras tomamos en serio el mal cometido. Hebreos 12 nos pide buscar la paz y la santidad y vigilar con diligencia una raíz que puede estorbarnos y afectar a otros. Romanos 12 nos aparta de la venganza personal y nos dirige hacia el bien. Recordar la misericordia nos mantiene humildes, la historia de José cuestiona nuestra manera de responder a la oportunidad y al poder, y Ana nos muestra un alma herida que se vuelve a Dios. No necesitamos negar nuestro dolor ni renunciar a la protección necesaria. Podemos buscar ayuda, decir la verdad y negarnos a hacer de la venganza nuestro propósito. El Señor puede recibir una oración sincera antes de que tengamos una explicación fácil. Presentémosle la vida que realmente estamos viviendo y sigamos dispuestos a responder.

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17 / 18 Completar los espacios en blanco

Repasar y recordar

Completemos estas afirmaciones del estudio. Algunas utilizan las palabras citadas de la Reina-Valera 1960; otras nos ayudan a recordar las lecciones prácticas. Podemos volver a una sección cuando necesitemos considerar la respuesta con más cuidado.

1. Hebreos 12:14 nos dice que sigamos la __________ con todos. 2. El mismo versículo nos llama a buscar la __________. 3. Hebreos 12:15 comienza su advertencia con las palabras «Mirad __________». 4. La amargura se presenta como una __________ que puede brotar. 5. La advertencia dice que por medio de esta raíz __________ pueden ser contaminados. 6. El mal cometido por otra persona no tiene por qué decidir nuestra __________. 7. Romanos 12:19 dice: «Mía es la __________, yo pagaré, dice el Señor». 8. La instrucción de vivir en paz comienza así: «Si es __________». 9. Romanos 12:20 dice que demos de comer a nuestro enemigo si tiene __________. 10. Romanos 12:21 nos llama a vencer el mal con el __________. 11. La predicación nos pide recordar la __________ que hemos recibido. 12. Romanos 3:23 nos recuerda que todos __________. 13. El perdón no exige que ocultemos la __________. 14. El perdón y la __________ restablecida no son la misma decisión. 15. La predicación utiliza a __________ como ejemplo de responder fielmente después de sufrir males repetidos. 16. Ana tenía amargura de alma y __________ a Jehová. 17. Primero de Samuel 1:10 dice que Ana «lloró __________». 18. Nuestro siguiente paso debe ir más allá de la intención y convertirse en __________.

Respuestas: 1. paz; 2. santidad; 3. bien; 4. raíz; 5. muchos; 6. respuesta; 7. venganza; 8. posible; 9. hambre; 10. bien; 11. misericordia; 12. pecaron; 13. verdad; 14. confianza; 15. José; 16. oró; 17. abundantemente; 18. acción.

18 / 18 Invitación a actuar

Responder con nuestra vida

Comencemos diciéndole a Dios la verdad acerca de un asunto que este estudio nos haya traído a la mente. Podemos admitir el dolor sin justificar a la persona que lo causó. También podemos admitir dónde nuestra propia respuesta se ha vuelto cruel, deshonesta o empeñada en vengarse. No necesitamos resolver toda la historia antes de orar. Podemos pedir ayuda con la responsabilidad que nos corresponde hoy y sabiduría acerca del cuidado que necesitamos.

Luego elijamos un paso que pase de la intención a la acción. Quizá necesitemos dejar de lado un mensaje pensado para herir a alguien, corregir una historia exagerada, ofrecer una disculpa sincera o acordar una conversación con alguien digno de confianza. Si la situación implica peligro o un daño grave, el paso puede ser buscar protección y apoyo apropiado. No debemos establecer un contacto inseguro para demostrar que hemos perdonado. Podemos buscar una respuesta veraz y sabia sin exigir un acuerdo inmediato ni que se restablezca la confianza.

Antes de terminar, llevemos esa decisión al Señor en oración. Podemos pedirle que nos ayude cuando vuelva el mismo recuerdo y cuando la respuesta antigua nos resulte familiar. Podemos seguir dispuestos a recibir corrección y apoyo en el camino. Quizá todavía estemos sufriendo al terminar este estudio, pero no tenemos que esperar a que cambie cada sentimiento para volvernos a Él. Podemos comenzar ahora y seguir orando mientras aprendemos a vivir de otra manera.

Respuesta personal

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