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Conocidos por Dios

Conocer a Jesús y vivir como hijos de Dios

1 de noviembre de 2026 40 pages 9,742 words Español
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1 / 18 Conocidos por Dios

Conocidos por Dios Estudio bíblico personal

Conocer a Jesús y vivir como hijos de Dios

Basado en el mensaje predicado por Cortt Chavis en Together Camp Meeting.

2 / 18 Introducción

Comencemos aquí

Cuanto más tiempo caminamos con el Señor, más deberíamos llegar a conocerlo. Pero, con el tiempo, también podemos acostumbrarnos tanto al lenguaje de la fe que dejamos de pensar en lo que significa. Sabemos hablar de la salvación, participar en la adoración y reconocer pasajes bíblicos familiares. Tal vez hemos servido en épocas difíciles y hemos visto a Dios obrar de maneras que nunca olvidaremos. Esas experiencias importan, pero seguimos necesitando que su Palabra hable a nuestra vida hoy. Lo que hemos recibido en el pasado no elimina nuestra necesidad de seguir respondiéndole.

La pregunta que tenemos delante es si somos conocidos por Dios. Jesús habla de personas que señalarán las obras que hicieron en su nombre, solo para escuchar: «Nunca os conocí». Pablo escribe a creyentes que han llegado a conocer a Dios y luego expresa la relación de una manera más completa: «o más bien, siendo conocidos por Dios». Estas palabras nos invitan a examinar la diferencia entre saber de asuntos espirituales y pertenecer al Señor. Aprender más acerca de Él no responderá esa pregunta si mantenemos partes de nuestra vida cerradas a su obra.

Respuesta personal

No intentamos hacernos dudar de cada experiencia espiritual que hemos tenido. Queremos comprender qué nos da confianza en nuestra relación con Dios. ¿Dependemos principalmente de lo útiles que somos, de cuánto sabemos o del lugar que ocupamos en nuestra iglesia? ¿Hemos recibido su Espíritu mientras seguimos protegiendo actitudes que no lo reflejan? Estas preguntas requieren sinceridad. En lugar de defender nuestro pasado, podemos considerar cómo estamos viviendo la relación que Dios ha hecho posible.

Gálatas 4 comienza con lo que Dios ha hecho. Envió a su Hijo para redimir a quienes estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción. Redimirnos es liberarnos de la condición que nos mantenía cautivos; la adopción nos incorpora a su familia como hijos suyos. Envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, que clama: «¡Abba, Padre!». El pasaje nos ayuda a ver tanto lo que ha hecho por nosotros como la manera en que podemos acercarnos a Él como nuestro Padre.

Tomémonos el tiempo necesario para este estudio. Un párrafo puede despertar una pregunta que hemos evitado. Otro puede ayudarnos a comprender lo que una verdad conocida significa para nuestra vida diaria. Podemos mantener las Escrituras delante de nosotros y responder con sinceridad, sin intentar parecer cristianos experimentados que ya lo tienen todo resuelto. Lo importante es si nuestras respuestas coinciden con la vida que realmente estamos viviendo delante de Dios.

Respuesta personal

3 / 18 Pasaje principal

Gálatas 4:4–7 · Reina-Valera 1960

4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley,

5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.

6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!

7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.

Citas bíblicas tomadas de la Reina-Valera 1960. El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

4 / 18 El día que da peso al día de hoy

Ciertos días nos ayudan a contar la historia de nuestra vida. Algunos llegan cada año y nos dan un motivo para celebrar. Otros permanecen en nuestra memoria porque ocurrió algo que cambió todo lo que vino después. Quizás recordamos exactamente dónde estábamos cuando recibimos la noticia, a quién llamamos y qué hicimos luego. Una fecha se convierte en algo más que un recuadro en el calendario cuando cambia nuestra vida.

El día en que estemos delante del Señor merece todavía más nuestra atención. Saber que llegará puede cambiar nuestra manera de vivir ahora. Las palabras de Jesús sobre «aquel día» nos llevan a examinar las decisiones que estamos tomando hoy. Necesitamos pensar más allá de si al final tendremos una historia impresionante que contar. ¿Qué dice la vida que llevamos ahora acerca de nuestra relación con Él?

Respuesta personal

Es posible creer que rendiremos cuentas a Dios y, aun así, seguir posponiendo

nuestra respuesta. Planeamos ocuparnos de un hábito oculto cuando la vida sea menos exigente. Examinaremos con atención una enseñanza difícil cuando tengamos más tiempo. Intentaremos arreglar las cosas con alguien cuando se calmen nuestras emociones. Cada razón puede parecer sensata por separado. Pero, juntas, pueden convertirse en la costumbre de dejar para mañana la obediencia que estamos evitando hoy.

El llamado que dice «he aquí ahora el día de salvación» habla directamente a esta costumbre. Hoy es cuando podemos responder. No podemos volver atrás y obedecer ayer, pero sí podemos ser sinceros ahora acerca de lo que ocurrió. No podemos prometer que mañana será más fácil, pero sí podemos dejar de poner circunstancias más fáciles como condición para obedecer a Dios. Este momento importa porque su Palabra nos está hablando y tenemos la oportunidad de responder.

Eso no significa que nuestro pasado ya no importe. Nuestras decisiones afectan a las personas, y algunos daños necesitan repararse de maneras prácticas. Responder a Dios hoy incluye ser sinceros acerca de esas consecuencias. Pero el pesar no tiene por qué impedirnos cambiar. Podemos pasar tanto tiempo pensando en lo que debimos haber hecho que evitamos lo que necesitamos hacer ahora. La Palabra nos ayuda a enfrentar lo ocurrido y a asumir la responsabilidad por la decisión que tenemos delante.

Respuesta personal

También necesitamos notar con cuánta facilidad estar ocupados puede hacernos

sentir preparados. Un calendario lleno de actividades de la iglesia puede convencernos de que estamos prestando suficiente atención a Dios. Podemos preparar lecciones, ayudar a las personas y asistir a los cultos mientras dejamos intacto un asunto personal. Esas cosas pueden hacer un bien real, pero no pueden responder a Dios por nosotros. Nosotros mismos estaremos delante de Él. La verdad que compartimos con otros también necesita llegar a las partes de nuestra vida que los demás rara vez ven.

Pensemos en algo que hemos seguido posponiendo. ¿Cómo solemos explicar la demora? ¿Hay algo que de verdad aún no podemos hacer, o estamos intentando mantener el control? Tal vez no podamos cambiarlo todo de una vez, pero podemos dar un primer paso. Podemos reconocer lo que hemos ocultado, pedir ayuda, acordar una conversación o volver a un pasaje que hemos evitado. Un comienzo pequeño y sincero es mejor que una promesa que nunca llevamos a la práctica.

Al pensar en aquel día, no necesitamos elegir entre ignorar la advertencia y asustarnos sin saber qué hacer. Ignorarla nos deja suponiendo que nuestros años en la iglesia serán suficientes. Preocuparnos sin responder deja el mismo problema intacto. Las palabras de Jesús nos llaman a escuchar, a mirar nuestra vida con sinceridad y a obedecer lo que se vuelva claro. Tomar en serio ese día futuro debería ayudarnos a responderle con más fidelidad hoy.

Respuesta personal

5 / 18 Saber acerca de Jesús y ser conocidos por Él

En Mateo 7:22–23, las personas que hablan con Jesús señalan lo que han hecho en su nombre. Hablan de profecía, de echar fuera demonios y de obras maravillosas. Esperan que esas afirmaciones demuestren que todo está bien entre ellas y Él. Parecen familiarizadas con los asuntos espirituales. Conocen el nombre que han usado y creen que su historial de actividades hablará por ellas.

La respuesta de Jesús, «Nunca os conocí», no es la que esperan. Necesitamos dejar que esas palabras nos alcancen antes de decidir que la advertencia debe estar dirigida a otra persona. Quizás suponemos que solo se aplica a quienes claramente fingen o saben muy poco de Dios. Sin embargo, las personas del pasaje pueden hablar con seguridad de su trabajo espiritual. Eso significa que necesitamos examinar lo que hemos llegado a aceptar como prueba de que nuestra propia relación con Él está bien.

Esto no le resta importancia al servicio a los demás. No se están descartando los dones espirituales, las obras de ayuda ni el hablar en el nombre de Jesús. El peligro surge cuando esas cosas ocupan el lugar de pertenecerle personalmente. Podemos empezar a pensar que, como nuestro trabajo ha ayudado a alguien, no hace falta examinar de cerca nuestro propio corazón. Las personas pueden agradecernos, y sus palabras amables pueden hacer más fácil que ignoremos algo que sabemos que Dios nos ha estado pidiendo atender.

Respuesta personal

Saber cosas acerca de una persona conocida puede ayudarnos a comprender la

diferencia. Tal vez sabemos su nombre, reconocemos su voz y entendemos el trabajo que hace. Incluso sus decisiones pueden afectar nuestra vida. Aun así, nada de esto significa que tengamos una relación personal. Sabemos algo acerca de esa persona, pero puede que ella no nos conozca.

Por supuesto, el ejemplo no puede explicar todo acerca de Dios. Él no nos pasa por alto ni le falta información sobre nuestra vida. La pregunta tiene que ver con nuestra relación con Él. Saber datos acerca de Dios no es lo mismo que pertenecerle. Podemos decir cosas verdaderas acerca de Él mientras nos resistimos a la misma relación que esas verdades nos llaman a recibir. Necesitamos preguntarnos si lo que sabemos está moldeando nuestra manera de responderle.

Esto puede ser especialmente difícil cuando otros ya nos ven como cristianos firmes. Quizás nos conocen como miembros confiables de la iglesia, servidores experimentados o personas que entienden la Biblia. Puede que temamos que una mirada sincera a nosotros mismos ponga en peligro esa imagen. Pero proteger lo que la gente piensa de nosotros no puede acercarnos al Señor. Si algo necesita su atención, nuestra buena reputación no es una buena razón para mantenerlo oculto. Necesitamos una relación en la que podamos enfrentar la verdad, incluso cuando resulte incómoda.

Respuesta personal

Fijémonos en aquello a lo que recurrimos cuando una pregunta sobre nuestra

relación con Dios nos inquieta. ¿Empezamos a enumerar los años que hemos servido, las tareas que hemos realizado y las experiencias que recordamos? ¿Pensamos en las personas que nos respetan? ¿Nos comparamos con alguien cuya vida parece menos fiel? Estas cosas pueden contar parte de nuestra historia, pero no responden la pregunta por nosotros. Nuestra respuesta a Dios sigue siendo personal, aunque gran parte de nuestro servicio haya sido visto por otros.

La respuesta no es intentar ganarnos su aceptación haciendo todavía más trabajo. Si mantenernos ocupados se ha convertido en una manera de escondernos, ocuparnos más no ayudará. Necesitamos presentarnos ante Él con toda nuestra vida, incluidas las áreas donde nuestras acciones no coinciden con lo que decimos creer. Necesitamos escucharlo y estar dispuestos a cambiar donde nos hemos resistido. Debemos permitir que la relación que decimos tener con Él guíe nuestras decisiones.

Pensemos en un área donde ayudar a otros haya recibido más atención que nuestra propia obediencia. ¿Qué significaría dejar de poner excusas por esa diferencia? No tenemos que descartar todo lo que Dios ha hecho en nuestra vida ni emitir un juicio drástico sobre todo nuestro pasado. Podemos comenzar diciendo la verdad sobre este único asunto. «Nunca os conocí» nos invita a mirar más allá de lo bien que podemos explicar quién es Jesús. ¿Le estamos respondiendo con nuestra manera de vivir?

Respuesta personal

6 / 18 Hacer nuestra la Palabra

Los padres, abuelos y maestros fieles pueden darnos un comienzo maravilloso. Tal vez nos presentaron la Biblia y nos enseñaron a orar mucho antes de que comprendiéramos el valor de lo que compartían. Podemos seguir profundamente agradecidos por su influencia. Pero su fe no puede responder por nosotros. Necesitamos comprender lo que creemos y por qué nosotros mismos estamos eligiendo seguir al Señor.

Cortt Chavis describe cómo llegó a ese punto después de una crisis durante sus años universitarios. Ya no podía conformarse con ver la fe que lo rodeaba como la religión de sus padres o abuelos. Necesitaba examinar las Escrituras por sí mismo. Mientras leía, las palabras difíciles de Jesús seguían presentes en su mente. Quería algo más que una respuesta que ya había escuchado. Quería comprender lo que significaba que Dios lo conociera.

Buscar de esta manera requiere más que encontrar una frase que suene como lo que ya creemos. Necesitamos observar lo que dice el pasaje antes de apresurarnos a dar la respuesta que esperamos. En Gálatas 4, por ejemplo, podemos preguntar quién está actuando, qué hace y por qué lo hace. Dios envía a su Hijo. El Hijo viene para redimir a quienes están bajo la ley. El pasaje habla de la adopción y del Espíritu de su Hijo dentro de nuestros corazones. Prestar atención a estos detalles evita que las palabras se mezclen en una idea general que nunca nos detenemos a comprender del todo.

Respuesta personal

También necesitamos distinguir entre las Escrituras mismas y los dichos que

solemos escuchar junto con ellas. Una frase puede volverse muy familiar sin ser realmente el texto de la Biblia. En nuestra mente, una explicación puede quedar tan ligada a un versículo que ya no notamos dónde termina el versículo y dónde empieza la explicación. Una explicación conocida puede ser correcta, pero debemos comprobarla en vez de confiar en ella solo porque la hemos escuchado muchas veces.

El abuelo del pastor Chavis lo animaba a seguir leyendo cuando la Biblia le planteaba una pregunta. Dirigía a su nieto de nuevo a la Palabra en lugar de pedirle que simplemente aceptara su respuesta. Podemos aprender de eso sin rechazar a quienes nos han enseñado fielmente. La buena enseñanza nos ayuda a llegar a ser capaces de leer, comprender y obedecer lo que Dios dice. Debe ayudarnos a crecer, en lugar de dejarnos siempre dependiendo de que alguien más tenga certeza por nosotros.

Leer con paciencia también nos ayuda a notar por qué estamos estudiando. Quizás queremos una respuesta rápida que quite una sensación incómoda sin cambiar ninguno de nuestros hábitos. Tal vez buscamos palabras que refuercen un argumento que ya queremos defender. El pastor Chavis describe una búsqueda más personal. Volvía una y otra vez a su Biblia, incluso mientras esperaba en su auto estacionado, porque la pregunta importaba para su propia relación con Dios. Quería comprender de una manera que cambiara su forma de vivir.

Respuesta personal

Podemos examinar nuestros hábitos de lectura de la misma manera. Cuando un

pasaje nos desafía, ¿nos detenemos en él el tiempo suficiente para comprender por qué? ¿Leemos más despacio las palabras que nos resultan difíciles o nos apresuramos hacia las partes que nos hacen sentir cómodos? ¿Nos hemos vuelto mejores para defender lo que creemos que para permitir que las Escrituras lo examinen? Los años de fe deberían ayudarnos a tomar la Palabra en serio. No deberían hacernos suponer que ya sabemos todo lo que tiene que decirnos.

Elijamos una afirmación del pasaje principal y escribamos con nuestras propias palabras lo que significa. Luego podemos comparar nuestra explicación con el versículo. ¿Hemos añadido algo que el versículo no dice? ¿Hemos dejado fuera su propósito o suavizado una palabra que nos pide cambiar? Esto puede ayudarnos a ver qué comprendemos con claridad y qué hemos aprendido principalmente a repetir. Encontrar algo que no comprendemos no tiene por qué avergonzarnos. Nos muestra dónde debemos leer con más atención.

Queremos comprender nuestra fe y vivirla nosotros mismos. Podemos amar y respetar a quienes nos enseñaron mientras reconocemos que seguir a Dios debe convertirse en nuestra propia respuesta a Él. Necesitamos poder decir que hemos escuchado su Palabra y que le estamos respondiendo. A medida que el pasaje se vuelva más claro, preguntémonos qué significa para nosotros ahora. ¿Qué estamos dispuestos a recibir? ¿Qué necesitamos soltar? ¿Qué hemos leído que requiere obediencia?

Respuesta personal

7 / 18 El Hijo enviado para redimirnos

Gálatas 4:4 comienza con lo que Dios hizo: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo». Antes de hablarnos de vivir como hijos suyos, el pasaje nos dice cómo hizo posible esa relación. El orden importa. Si empezamos con nuestras buenas obras o con cuánto sabemos, podemos pensar que Dios nos incorpora a su familia como recompensa por lo que hemos llegado a ser. Pablo comienza en otro lugar. Nos pide que miremos primero al Hijo que Dios envió.

Las palabras «el cumplimiento del tiempo» nos recuerdan que Dios actuó en el momento que Él eligió. Nosotros no decidimos cuándo vendría el Hijo. No dispusimos el camino por el cual podríamos pertenecer a Dios. La oportunidad que ahora tenemos de responder comenzó con algo que Él hizo, no con algo que nosotros iniciamos. Eso nos da una razón para estar agradecidos. También cuestiona la idea de que podemos modificar su llamado para adaptarlo a lo que prefiramos.

Respuesta personal

El pasaje continúa: «nacido de mujer y nacido bajo la ley». El Hijo vino a la vida

humana y se sometió a la ley para redimir a quienes estaban bajo ella. Estas palabras conectan su venida con la necesidad de las personas a las que vino a ayudar. No debemos pasarlas por alto apresuradamente. Su venida tenía un propósito claro, y el siguiente versículo nos dice cuál era.

El versículo 5 dice: «para que redimiese a los que estaban bajo la ley». La redención significa ser liberados de la condición que nos mantiene cautivos. Necesitamos la obra del Hijo porque no podemos resolver esa necesidad simplemente aparentando ser más religiosos. Una mejor reputación, más años de servicio o una mayor capacidad para explicar la enseñanza bíblica no pueden ocupar su lugar. Si necesitamos redención, necesitamos recibir lo que Él vino a hacer, no solo mejorar la imagen que damos a los demás.

Esto nos lleva de nuevo a la advertencia sobre depender de lo que hemos hecho en su nombre. Gálatas nos ofrece un punto de partida diferente. Miramos primero lo que Dios ha hecho por medio de su Hijo. Nuestra respuesta sigue importando, pero ahora comprendemos a qué estamos respondiendo. Nosotros no creamos este camino para pertenecerle, y nuestros logros no pueden mejorar su obra. Él nos está llamando a recibir la relación que su obra redentora ha hecho posible.

Respuesta personal

Tanto el orgullo como la vergüenza pueden dificultar que recibamos esto. El orgullo

puede decirnos que nuestra fidelidad nos da un derecho especial ante Dios. La vergüenza puede decirnos que primero tenemos que ser mejores para poder ser sinceros con Él. De cualquiera de las dos maneras, podemos concentrarnos tanto en nosotros mismos que perdemos de vista al Hijo que fue enviado. Necesitamos presentar ante Él nuestros éxitos y fracasos sin permitir que ninguno de ellos tenga la última palabra sobre si podemos responder a su llamado.

¿Cómo podría esto cambiar nuestra manera de acercarnos a Dios con respecto a algo que hemos evitado? No necesitamos inventar una versión mejor de nuestra historia antes de decirle la verdad. Tampoco podemos esperar que Él cambie su propósito para que podamos seguir haciendo lo que sabemos que está mal. Su obra nos da una razón para acercarnos, y su Palabra guía nuestra respuesta. La gratitud debería hacernos dispuestos a escuchar y cambiar, no simplemente alegrarnos de que haya ayuda disponible.

La frase pasa de la redención a «la adopción de hijos». Notemos hacia dónde nos lleva. El propósito de Dios es incorporarnos a su familia, darnos un lugar junto a Él que no podríamos conseguir por nosotros mismos. El Hijo fue enviado para que las personas que necesitaban redención pudieran recibir esta relación. Al examinar más de cerca la adopción, necesitamos preguntarnos si estamos dispuestos a aceptar lo que significa. ¿Cómo cambiará el pertenecer al Padre nuestra manera de vernos a nosotros mismos, de confiar en Él y de vivir cada día?

Respuesta personal

8 / 18 Recibir nuestro lugar en la familia de Dios

Las palabras «para que redimiese» y «a fin de que recibiésemos» van juntas en Gálatas 4:5. Nos llevan de lo que Dios ha hecho por nosotros a la relación que quiere que recibamos. Redimir significa liberar. En este pasaje, el Hijo viene a redimir a quienes estaban bajo la ley para que puedan recibir un lugar en la familia de Dios. Si separamos estas partes del versículo, podemos perder de vista hacia dónde nos lleva. Podríamos admirar la cruz sin responder a su propósito. O podríamos hablar de llegar a ser hijos de Dios como si nosotros mismos lo hubiéramos hecho posible.

Esto importa cuando pensamos en nuestra propia historia. Quizás recordamos con tanta claridad el día en que empezamos a buscar a Dios que hablamos como si todo hubiera comenzado con nuestra decisión. Pero nuestra decisión no trajo a Cristo al mundo. No creó la razón por la que vino. Dios actuó antes de que comprendiéramos nuestra necesidad. No tenemos que convencer a un Dios que no quiere interesarse por nosotros. Al enviar a su Hijo, ya ha mostrado su deseo de acercarnos a Él. Podemos comenzar con gratitud por lo que ha hecho y luego considerar con sinceridad cómo le estamos respondiendo.

Respuesta personal

Saber que Dios ha actuado no significa que no haya nada que nosotros debamos

recibir. Las palabras «a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» invitan a una respuesta personal. Podemos estar de acuerdo en que Cristo vino y aun así mantenerlo a distancia por nuestra manera de vivir. Podemos hablar con cariño de la cruz mientras evitamos lo que significa para nosotros. Vale la pena preguntarnos si la verdad que creemos se ha convertido en una relación que estamos viviendo. Estar de acuerdo con una afirmación acerca de Dios es importante, pero también debemos estar dispuestos a responderle cuando esa verdad alcanza nuestras propias decisiones.

Podemos convertir esto fácilmente en una pregunta sobre otra persona. Quizás nos parezca más seguro discutir si alguien más comprende la adopción que examinar nuestro propio corazón. Pero este es un estudio personal. Nos preguntamos qué hemos recibido de Dios y qué seguimos reservándonos. ¿Hemos recibido el consuelo de pertenecerle mientras evitamos algo que nos está pidiendo cambiar? ¿Estamos dispuestos a examinar nuestra propia respuesta con el mismo cuidado que tendríamos al ayudar a alguien más? No necesitamos apresurarnos a responder. Necesitamos ser sinceros en la respuesta que damos.

Las palabras «adopción de hijos» nos muestran lo personal que es el propósito de Dios. La adopción habla de ser recibidos en una familia y de recibir un lugar como hijos. Dios está haciendo más que ayudarnos a aprender palabras religiosas o a participar en la iglesia. Nos incorpora a su familia. El mensaje habla de hijos e hijas porque estamos considerando nuestra relación con Él como Padre. Esto afecta nuestra manera de orar, de recibir corrección y de pensar en nuestro lugar delante de Él. Debería moldear la vida que llevamos durante la semana, no solo la forma en que nos describimos en la iglesia.

Respuesta personal

Pensemos en cómo recibimos la corrección cuando creemos que nuestro valor

depende por completo de hacer las cosas bien. Un error puede sentirse como una amenaza a todo nuestro lugar en la familia. Quizás ocultamos lo ocurrido, nos defendemos o intentamos compensarlo haciendo más trabajo visible. Pero, cuando comprendemos que Dios nos ha llevado a una relación con Él, podemos acercarnos como hijos que necesitan la ayuda de su Padre. El problema sigue necesitando una respuesta sincera. Todavía necesitamos obedecer. Sin embargo, no tenemos que fingir que podemos manejarlo todo sin Él. Podemos reconocer que necesitamos su dirección.

Pertenecer a Dios también significa permitir que su Palabra nos desafíe. No podemos acercarnos al Padre mientras insistimos en que deje tranquilas ciertas partes de nuestra vida. El Dios que nos recibe en esta relación también habla de los hábitos, las motivaciones y las decisiones que traemos con nosotros. Recibir su cuidado significa estar dispuestos a escuchar cuando nos corrige. Podemos preguntarnos si queremos el consuelo de llamarlo Padre mientras conservamos el derecho de ignorar su voz. Si es así, necesitamos llevarle esa lucha en vez de esconderla detrás de las palabras que conocemos.

Leamos de nuevo el versículo 5 y comencemos por nombrar lo que Dios ha hecho. Luego podemos considerar lo que recibir su regalo significa para nosotros ahora. Algunos quizás hemos pasado años intentando demostrar nuestro valor siendo útiles. Otros quizás señalamos una respuesta que dimos hace mucho tiempo mientras evitamos una respuesta que Él nos pide hoy. No necesitamos una historia más impresionante para poder acercarnos a Él. Necesitamos responderle con sinceridad. Él ha actuado para incorporarnos a su familia. ¿Estamos recibiendo esa relación y permitiendo que guíe nuestra manera de vivir?

Respuesta personal

9 / 18 El Espíritu del Hijo en nuestros corazones

Gálatas 4:6 pasa de Dios enviando a su Hijo al mundo a Dios enviando el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones. En ambos casos, Dios es quien actúa. No creamos la relación simplemente eligiendo una forma más afectuosa de hablar de Él. Él da lo que la hace posible. El versículo también nos dice adónde es enviado el Espíritu: a nuestros corazones. Nuestra atención va más allá de lo espirituales que podamos parecer, hacia lo que está sucediendo dentro de nosotros. Podemos aprender las palabras que hablan de pertenecer a una familia, pero conocer esas palabras no puede ocupar el lugar de recibir el Espíritu.

El versículo dice: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo». Debemos mantener juntas estas palabras al estudiarlas. Pablo relaciona el ser hijos de Dios con recibir el Espíritu de su Hijo. No los trata como temas sin relación entre sí. Nos perderíamos algo importante si recibiéramos la adopción como una idea reconfortante, pero dejáramos de lado el lugar del Espíritu en esa relación. También perderíamos de vista el sentido si buscáramos una experiencia sin considerar la relación que expresa. El Padre, sus hijos y el Espíritu de su Hijo están unidos en este versículo.

Respuesta personal

Las palabras «Abba, Padre» nos ayudan a ver lo personal que es esta relación. No

necesitamos añadir una explicación complicada de la palabra para comprender el punto que tenemos delante. El Espíritu del Hijo dentro de nuestros corazones nos acerca al Padre. Dios no es solo alguien de quien hablamos a distancia. Podemos hablarle personalmente dentro de la relación que describe el pasaje. Esto puede desafiar a quienes nos hemos acostumbrado a hablar de Dios delante de otros, pero nos resulta más difícil hablarle con sinceridad cuando estamos solos.

Quizás sabemos explicar la oración, dirigirla o usar las palabras que solemos escuchar al orar. Sin embargo, todavía podemos evitar decirle a Dios lo que realmente nos inquieta. Las palabras correctas pueden esconder una preocupación que no queremos enfrentar. El clamor «Abba, Padre» nos invita a preguntarnos si estamos acercándonos a Él personalmente. ¿Qué sucede cuando no hay nadie más escuchando, ninguna responsabilidad que cumplir ni necesidad de parecer fuertes? ¿Podemos decirle la verdad sobre nuestra vida presente? ¿O seguimos intentando sonar como el cristiano maduro que creemos que deberíamos ser?

Necesitamos responder con delicadeza y sinceridad. Un momento difícil de oración no cuenta toda la historia de nuestra relación con Dios. Un momento de profunda emoción tampoco responde todas las preguntas sobre nuestra obediencia. Estamos mirando más allá de la intensidad de un sentimiento que podemos recordar o producir. El pasaje habla del Espíritu del Hijo dentro de nuestros corazones y de la relación que eso hace posible. Podemos buscar a Dios con sinceridad sin hacer de una respuesta emocional intensa nuestra meta. Lo importante es acercarnos a Él con verdad y seguir dispuestos a recibir lo que da.

Respuesta personal

Llamarlo Padre también nos ayuda a comprender nuestra necesidad de Él. No nos

acercamos como si Dios necesitara nuestros dones para ser Dios. El pastor Chavis nos recuerda que el Señor no depende de nuestra predicación, nuestro canto ni nuestra reputación. Él nos da dones para servir a las personas. Ante Él, nos presentamos como hijos suyos. Esto puede revelar con qué frecuencia nos escondemos detrás de lo que sabemos hacer. Quizás hablamos con facilidad de la ayuda que ofrecemos a otros mientras nos cuesta reconocer que nosotros mismos necesitamos ayuda. Podemos llevar esa necesidad al Padre sin demostrar primero lo útiles que hemos sido.

También deberíamos preguntarnos si hemos tratado el recibir el Espíritu únicamente como algo que ocurrió en el pasado. El llamado a recibir el Espíritu Santo importa, y debemos tomarlo en serio. Al mismo tiempo, las palabras «a vuestros corazones» llevan la pregunta a la vida que estamos viviendo ahora. Estamos considerando el lugar del Espíritu dentro de nosotros, no solo una experiencia que podemos describir. ¿Nuestra manera de acercarnos a Dios hoy muestra que dependemos de Él? ¿O señalamos principalmente hacia atrás para demostrar que alguna vez experimentamos algo significativo?

Detengámonos en la diferencia entre conocer las palabras «Abba, Padre» y dejar que guíen una oración sincera. Podemos llevarle una preocupación actual sin convertirla en una explicación para nadie más. Podemos reconocer dónde hemos mantenido nuestra distancia, dónde hemos confiado en nuestras habilidades religiosas y dónde necesitamos recibir de Él. No tenemos que forzar un momento intenso. Podemos simplemente responder a la relación que describe el pasaje, recibiendo su Espíritu y acercándonos a Él como Padre con un corazón dispuesto a ser conocido.

Respuesta personal

10 / 18 Vivir como hijos de Dios mientras servimos a otros

El versículo 7 saca una conclusión de los versículos anteriores: «Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo». Las palabras «así que» significan que lo que sigue está conectado con lo que ya se ha dicho. Hemos leído sobre la venida del Hijo, la redención, la adopción y el Espíritu en nuestros corazones. Ser hijos de Dios forma parte de esa obra. No es una etiqueta positiva que nos ponemos para sentirnos más importantes. Nuestra confianza nace de lo que Dios ha hecho para incorporarnos a su familia.

El pastor Chavis nos ayuda a ver la diferencia entre servir a las personas y presentarnos ante Dios como hijos suyos. Nuestros dones pueden bendecir a otros, pero nuestro lugar delante del Padre es más que el trabajo que hacemos. Esto importa porque el ministerio puede convertirse poco a poco en la principal manera de explicar quiénes somos. Quizás comenzamos con un deseo sincero de ayudar y luego llegamos a un punto en que no podemos imaginar nuestra vida sin cierta responsabilidad. Cuando una función cambia o nuestro trabajo pasa desapercibido, puede parecer que nuestro lugar con Dios también ha cambiado. Necesitamos reconocer cuándo esas cosas se han ligado entre sí.

Respuesta personal

¿Estamos recibiendo nuestro sentido de pertenencia de la relación que Dios nos ha

dado, o intentamos ganárnoslo siendo siempre útiles? Hacernos esta pregunta no significa que debamos descuidar el servicio a los demás. Significa que debemos comprender lo que el servicio puede y no puede hacer. Una tarea puede ayudar a alguien sin demostrar nuestro valor delante del Padre. Cuando cada responsabilidad tiene que hacernos sentir valiosos, ponemos demasiado peso sobre nuestro trabajo. También tenemos menos libertad para servir porque cada resultado parece decidir si somos importantes. La relación que Dios nos da nos ofrece un punto de partida diferente para servir.

Podemos notar esta presión en momentos cotidianos. Quizás sentimos resentimiento cuando se le agradece a otra persona, nos ponemos a la defensiva cuando se corrige nuestro trabajo o sentimos ansiedad cuando se toma una decisión sin nosotros. Vale la pena llevar estas reacciones a Dios con sinceridad. Pueden mostrar cuánto hemos dependido de un puesto para saber quiénes somos. No necesitamos esconder la lucha ni condenarnos por notarla. Podemos preguntarnos por qué hemos buscado en una función, un don o la aprobación de alguien la seguridad que necesitamos en nuestra relación con el Padre.

La palabra heredero añade otra parte a la imagen. Un heredero pertenece a la familia y participa de lo que el padre provee. La imagen de la casa del Padre nos desafía cuando vivimos como si no hubiera lugar para nosotros allí. Podemos recibir esa invitación sin suponer que significa que cada deseo deba cumplirse de inmediato. El versículo dice «por medio de Cristo», manteniendo nuestra atención en la relación que Él hace posible. La pregunta aquí es si confiamos en el Padre y recibimos nuestro lugar junto a Él, o si seguimos acercándonos como si estuviéramos fuera de su cuidado.

Respuesta personal

Podemos sentir esa distancia incluso siendo muy activos en la iglesia. Quizás

ayudamos con gusto a otros a orar, pero tratamos nuestra propia necesidad como una molestia. Quizás animamos a alguien a acercarse a Dios y luego demoramos en hacerlo nosotros hasta sentir que hemos hecho lo suficiente para merecerlo. Quizás hablamos con cariño de su cuidado por los demás mientras esperamos poco al llevarle nuestras propias preocupaciones. Vivir como hijos suyos cuestiona esta distancia entre lo que enseñamos y lo que practicamos. ¿Podemos recibir para nosotros mismos la verdad que tantas veces compartimos con alguien más?

Ser hijos de Dios también significa estar dispuestos a aprender de Él. Su cuidado no es una razón para ignorar su dirección. Nos da una razón para escuchar. Podemos preguntarnos si hemos convertido la obediencia en una negociación sobre lo que esperamos recibir a cambio. Quizás estamos dispuestos a responder a una instrucción solo si Él resuelve primero otra preocupación de la manera que preferimos. El pasaje nos llama a una relación más cercana que esa. Le pertenecemos, así que su voz importa en nuestras decisiones. Podemos llevarle nuestras necesidades mientras seguimos escuchando lo que nos pide.

Pensemos en las responsabilidades que tenemos ahora. ¿Cuáles estamos cumpliendo libremente por el bien de otros? ¿A cuáles les hemos asignado, en silencio, la tarea de demostrar nuestro valor? ¿Cómo podría recibir nuestro lugar como hijos de Dios ayudarnos a servir sin celos, a aceptar la corrección sin alejarnos o a descansar sin sentirnos inútiles? Podemos elegir un cambio práctico. La meta no es dejar de servir. Es servir desde la relación que Dios nos ha dado, acercándonos a Él como Padre en lugar de pedirles a nuestros logros que demuestren que tenemos un lugar en su casa.

Respuesta personal

11 / 18 Su nombre y nuestra respuesta personal

La ilustración de la adopción nos ayuda a pensar en la diferencia entre amar a alguien y entrar en una relación familiar formalmente establecida. El pastor Chavis describe a personas que se quieren profundamente, pero que aún necesitan un nombre en los documentos de adopción. En su ilustración, escribir una función como «padre» o «hijo» no responde a la solicitud de un nombre. La imagen dirige nuestra atención a Jesús y al bautismo en su nombre. Plantea una pregunta personal: ¿hemos usado nuestros sentimientos de cariño hacia Dios como razón para dejar su llamado sin respuesta?

Debemos usar la ilustración para el propósito que cumple. Una comparación puede ayudarnos a comprender un punto, pero los detalles de un proceso terrenal no demuestran por sí solos una enseñanza espiritual. No decidimos lo que Dios requiere basándolo todo en esos documentos imaginarios. Volvemos a los pasajes bíblicos y a las respuestas descritas en el mensaje. La ilustración nos ayuda a notar algo que fácilmente podemos pasar por alto: los sentimientos sinceros pueden convertirse en una excusa para evitar una respuesta clara. Quizás creemos que, como sentimos mucho cariño, no hay nada más que debamos considerar u obedecer.

Respuesta personal

Esta pregunta va más allá de si podemos explicar correctamente el bautismo.

Podemos saber hablar de la enseñanza y aun así necesitar preguntarnos si hemos respondido personalmente. Quienes solemos ayudar a otros podemos acostumbrarnos a explicarles lo que necesitan hacer sin examinarnos a nosotros mismos con el mismo cuidado. Quizás describimos por qué una respuesta importa y animamos a otra persona a darla mientras dejamos nuestra propia situación sin examinar. Dediquemos a nuestra vida el mismo cuidado que dedicaríamos a una conversación con alguien que sinceramente quiere seguir al Señor.

El nombre también nos recuerda a quién estamos respondiendo. No se nos invita únicamente a un sentimiento cálido de conexión que sigue siendo impreciso. El mensaje centra esta relación en Jesús. Su nombre está conectado con la respuesta a la que se nos llama: el bautismo en el nombre de Jesús y recibir el Espíritu Santo. No deberíamos tratar el nombre como algo impresionante que decir mientras nos resistimos a la relación hacia la que nos dirige. Mateo 7 ya nos ha mostrado a personas que usan su nombre como parte de su argumento y, sin embargo, escuchan que Él nunca las conoció. Conocer el nombre no elimina la necesidad de una respuesta personal.

Esto nos da dos cosas que debemos considerar con cuidado. No podemos responder a la advertencia sobre usar su nombre simplemente teniendo más confianza al decirlo. Todavía necesitamos rendirle nuestra vida. Pero tampoco deberíamos hablar de la relación en términos tan generales que evitemos la respuesta clara a la que nos llama el mensaje. Podemos caer en cualquiera de las dos costumbres. Podemos hacer que la relación suene tan vaga que nunca nos pida nada. O podemos hablar de una respuesta como si fuera solo un paso que cumplir, sin considerar el corazón y la vida que estamos presentando al Señor.

Respuesta personal

Gálatas 4:9 enfoca la pregunta principal: «mas ahora, conociendo a Dios, o más bien,

siendo conocidos por Dios». Las palabras «o más bien» dirigen nuestra atención de nuestro conocimiento de Él a que Él nos conozca. Pablo no descarta la primera afirmación. Nos ayuda a ver la relación desde el otro lado. Leído junto con las palabras anteriores sobre la adopción y el Espíritu del Hijo, esto se vuelve profundamente personal. Estamos considerando a personas que pertenecen a Dios, no solo a personas que pueden explicar cosas acerca de Él. Esta conexión respondió la pregunta que el pastor Chavis estaba investigando. La advertencia «Nunca os conocí» encuentra su respuesta consoladora en ser «conocidos por Dios». Nuestra confianza debe ir más allá de lo que sabemos de Él y alcanzar la relación que nos da y nuestra respuesta a ella.

Para algunos de nosotros, la pregunta puede tener que ver con el bautismo en el nombre de Jesús o con recibir el Espíritu Santo cuando aún no hemos respondido. Para otros, puede tener que ver con la manera en que hemos usado una respuesta del pasado para evitar obedecerle ahora. Son preguntas diferentes, y no deberíamos tratarlas como si fueran la misma. Pero tampoco deberíamos usar una para descartar la otra. Podemos tomar en serio el llamado a recibir y también tomar en serio la vida que sigue. Tanto nuestro comienzo como nuestra respuesta presente merecen atención sincera delante de Dios.

Digámosle con claridad dónde estamos. ¿Qué hemos recibido? ¿Qué comprendemos? ¿Qué pregunta hemos evitado porque tememos adónde podría llevarnos una respuesta sincera? Podemos llevar estos asuntos a la oración y, cuando sea necesario, hablar con nuestro pastor. Otra persona puede ayudarnos, pero su confianza no puede reemplazar nuestra propia respuesta. No estamos intentando parecer seguros de todo. Buscamos responder al Señor con verdad. A partir de aquí, podemos examinar más de cerca las actitudes y decisiones que muestran lo que estamos permitiendo que guíe nuestra vida.

Respuesta personal

12 / 18 A qué servimos y qué debe cambiar

Gálatas 4:8 nos ayuda a examinar con sinceridad cómo vivimos como hijos de Dios: «Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses». Aquello a lo que servimos muestra lo que nos domina. Antes de hablar de lo que creemos, podemos mirar a qué obedecemos. ¿Qué nos guía cuando estamos decepcionados, cuando nos corrigen o cuando nos dejan fuera? ¿Qué elegimos cuando nuestros deseos nos alejan del carácter de Jesús? Quizás rechazamos la idea de adorar a un dios falso mientras permitimos que una actitud gobierne nuestras palabras y acciones. Este pasaje nos ayuda a notar la distancia entre el Dios al que decimos servir y las cosas que todavía permitimos que nos guíen.

Nuestra personalidad puede convertirse en algo que nos negamos a cuestionar. Decir «Así soy yo» puede parecer sincero, pero también puede protegernos de la sinceridad más profunda del arrepentimiento. Si nuestras palabras siguen lastimando a las personas, decir que somos directos no atiende el daño. Si nos alejamos de alguien para castigarlo, describirnos como reservados no cambia nuestra razón para hacerlo. Quizás explicamos un hábito hablando de nuestra familia o de cómo crecimos. Esa explicación se convierte en una excusa cuando la usamos para decir que no podemos cambiar. ¿Estamos dispuestos a dejar que el Señor hable precisamente a las cosas que hemos pasado años defendiendo?

Respuesta personal

Una actitud puede parecernos natural porque hemos vivido con ella durante mucho

tiempo. Eso no significa que le agrade a Él. Quizás notamos rápidamente el orgullo en otra persona mientras llamamos a nuestra propia terquedad una convicción firme. Quizás vemos la amargura de alguien más mientras nos decimos que nuestro resentimiento tiene sentido por lo que nos ocurrió. Mirarnos con sinceridad significa usar para nuestras propias acciones la misma medida que usamos para los demás. ¿Dónde nos hemos dado permiso para seguir igual? ¿Hemos decidido que nuestra situación nos convierte en una excepción al cambio que creemos que otras personas necesitan?

Las palabras de Jesús llevan la pregunta a nuestra propia vida: «viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». Cortt Chavis usa la imagen de revisar una casa para ayudarnos a pensar en lo que guardamos dentro. Podemos presentar ante el Señor nuestros celos, odio, amargura y falta de disposición a perdonar. No necesitamos convertir esto en suposiciones sobre actividades invisibles. Necesitamos enfrentar las actitudes que ya reconocemos. Si sabemos que estamos guardando resentimiento, allí es donde debemos prestar atención. Culpar a una influencia externa no debe convertirse en otra manera de evitar nuestra responsabilidad por lo que elegimos decir o hacer.

Las palabras de Pablo, «o más bien, siendo conocidos por Dios», nos recuerdan que estamos examinando nuestra vida como hijos que pertenecen al Padre. Pertenecerle debería hacernos más dispuestos a aceptar su corrección. No necesitamos proteger cada hábito conocido como si abandonarlo significara perder quiénes somos. Podemos llevarle nuestros hábitos y preguntar qué necesita cambiar. Elijamos una actitud que con frecuencia dirige nuestra conducta. ¿Cuándo aparece? ¿Qué excusa solemos dar después? ¿Cómo podríamos responder de manera diferente la próxima vez? Hagamos que nuestra respuesta sea lo bastante clara como para ponerla en práctica.

13 / 18 El arrepentimiento sincero y el cambio que Dios produce

La historia de Jacob nos ofrece una imagen clara de la sinceridad delante de Dios. Antes, había afirmado ser Esaú. Más adelante, cuando le preguntaron su propio nombre, respondió con la verdad. El pastor Chavis usa esa respuesta para ayudarnos a comprender el arrepentimiento. Podemos aprender de la imagen sin tratar cada parte de la historia como un paso separado de la conversión. El punto aquí es la diferencia entre fingir ser otra persona y reconocer quiénes somos. No podemos pedir sinceramente a Dios que nos cambie mientras solo le mostramos la versión de nosotros mismos que queremos que otros vean. El cambio requiere verdad, incluida la verdad que preferiríamos dejar fuera.

Quizás no decimos una mentira evidente sobre nosotros mismos, pero aun así podemos contar solo las partes de la historia que nos hacen quedar mejor. Reconocemos una debilidad que suena aceptable y dejamos fuera la decisión que nos haría sentir incómodos. Decimos que estábamos cansados cuando también necesitamos reconocer que hablamos con crueldad. Decimos que una conversación salió mal sin reconocer que queríamos avergonzar a la otra persona. Nuestras palabras pueden ser parcialmente ciertas y, aun así, dejar fuera el verdadero problema. La confesión se vuelve más sincera cuando dejamos de acomodar la historia para parecer inocentes. ¿Qué ocurrió? ¿Qué elegimos? ¿Qué sabíamos que estábamos haciendo?

Respuesta personal

Una disculpa puede ser tan general que nunca nombre lo que necesita atención.

Quizás le decimos a Dios que lo sentimos sin decir claramente de qué necesitamos arrepentirnos. Las palabras conocidas pueden hacernos sentir que hemos atendido algo cuando solo lo hemos mencionado. La confesión sincera pone al descubierto delante de Él la acción o actitud concreta. Si hemos sentido celos, podemos reconocer los celos. Si repetimos una historia para hacer quedar mal a alguien, podemos reconocer por qué lo hicimos. Si nos hemos aferrado a una ofensa porque nos ayuda a sentirnos mejores que la persona que nos lastimó, también podemos reconocerlo. Necesitamos hablar de nuestra respuesta, no solo del daño original.

Ser sinceros no significa inventar faltas ni acusarnos de cosas que no hemos hecho. Podemos decir lo que es verdad sin empeorarlo ni hacerlo parecer menor. También podemos pedirle al Señor que nos ayude a ver lo que hemos estado evitando. La confesión no necesita convertirse en una actuación pública. Podemos estar ocupados en la iglesia y seguir escondiéndonos de la verdad. Lo importante es si estamos siendo sinceros delante de Dios, no si podemos ofrecer un relato conmovedor de nuestros errores. Incluso nuestra confesión puede convertirse en algo que usamos para impresionar a las personas si nos preocupa más sonar sinceros que cambiar.

El nuevo nombre de Jacob nos da una imagen del cambio que Dios produce. La sinceridad nos permite recibir de Él en lugar de seguir fingiendo. Darnos una nueva descripción no cambia un hábito que todavía nos negamos a rendir. Tomemos un asunto de la sección anterior y describámoslo con claridad en una frase privada. Luego consideremos cómo sería la obediencia. Si nuestro pecado tuvo que ver con nuestra manera de hablar, ¿qué necesita cambiar en ella? Si mantenemos viva una vieja herida, ¿qué hacemos que sigue alimentándola? El arrepentimiento necesita llegar al lugar donde se practica el hábito. Podemos llevar nuestra confesión al Señor y prepararnos para tomar una decisión diferente la próxima vez que ese hábito aparezca.

14 / 18 Recibir el Espíritu Santo con un corazón abierto

La pregunta de Hechos 19 nos da a quienes tenemos años de experiencia en la iglesia una razón para escuchar con atención: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?». Pablo no deja que el hecho de que ya creyeran ponga fin a la conversación. Pregunta por la recepción del Espíritu y luego por su bautismo. Los hombres responden con sinceridad que recibieron el bautismo de Juan. No tienen que fingir haber recibido algo que no han recibido. Podemos aprender de su disposición. Nuestras experiencias espirituales suelen significar mucho para nosotros. Quizás defendemos nuestro pasado en vez de escuchar una pregunta acerca de él.

Pablo los dirige a Cristo. El bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento, y Pablo habla de creer en Aquel que vino después de Juan, Cristo Jesús. Luego los hombres son bautizados en el nombre del Señor Jesús. Cuando Pablo les impone las manos, el Espíritu Santo viene sobre ellos, y hablan en lenguas y profetizan. Necesitamos prestar atención a lo que ocurrió en vez de convertir el relato en una lección general sobre ser religiosos. Su respuesta anterior importaba, pero todavía estaban dispuestos a recibir lo que Pablo les presentaba. Lo que ya habían experimentado no se convirtió en una razón para rechazar el siguiente paso.

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También necesitamos mantenernos en lo que el relato realmente nos dice. Estos

hombres dijeron que habían recibido el bautismo de Juan. No deberíamos suponer que su historia describe la experiencia de cada persona en todos sus detalles. La pregunta para nosotros es si estamos dispuestos a responder a la Palabra. El llamado de Cortt Chavis es claro: el arrepentimiento, el bautismo en el nombre de Jesús y recibir el Espíritu Santo necesitan nuestra atención. Podemos tomar ese llamado en serio sin añadir detalles a la historia ni afirmar que conocemos el corazón de otra persona. No se nos pide clasificar a todos los demás en grupos. Se nos pide examinar con sinceridad nuestra propia respuesta a Dios.

El Espíritu Santo fue recibido por personas de distintos trasfondos. El don no se limitó a los apóstoles ni a un solo grupo de personas. Los discípulos, los samaritanos y la casa de Cornelio forman parte de esta imagen. Nuestro trasfondo no hace innecesario al Espíritu. Crecer en la iglesia, tener una familia creyente o pasar muchos años en actividades religiosas no puede ocupar el lugar de recibir lo que Dios da. Necesitamos prestar atención cuando nuestra experiencia nos hace poco dispuestos a aprender. Si las personas han llegado a vernos como alguien que conoce las respuestas, reconocer una pregunta puede resultar difícil. Sin embargo, proteger esa imagen no puede ayudarnos a recibir lo que necesitamos.

Podemos enfrentar estas preguntas sin fingir ni intentar producir una experiencia solo para cumplir una expectativa. La pregunta requiere verdad. ¿Hemos respondido personalmente a lo que se nos ha enseñado? ¿Podemos distinguir entre aquello de lo que hemos oído hablar y lo que hemos recibido? Si no estamos seguros, llevemos esa incertidumbre a la oración con sinceridad y hablemos con claridad con nuestro pastor. No necesitamos esconder la incertidumbre detrás de palabras seguras. Si hemos recibido el Espíritu Santo, sigamos respondiendo al Espíritu en lugar de tratar la experiencia como un tema que ya hemos terminado. Preguntarnos cómo estamos viviendo ahora no le resta importancia al don. Nuestra vida debería mostrar la relación que decimos tener y el Espíritu que hemos recibido.

15 / 18 Responder al Dios que nos conoce

Jesús les pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es Él. Luego les dirige la pregunta a ellos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Una cosa es repetir lo que otros piensan. Otra es responder por nosotros mismos. Podemos explicar las creencias de otras personas mientras evitamos lo que nosotros mismos creemos y confesamos. Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Luego Jesús le habla a Pedro personalmente. Cortt Chavis señala este intercambio como una imagen de conocer y ser conocidos dentro de una relación. Esta es una lección que podemos extraer del pasaje, sin afirmar que sea todo lo que significa. Nos ayuda a pensar en responder al Señor por nosotros mismos y en escuchar lo que nos dice.

Podemos aprender a hablar correctamente acerca de Dios mientras mantenemos su verdad lejos de nuestra vida cotidiana. La pregunta se vuelve más difícil cuando alcanza nuestras propias decisiones. ¿Qué nos pide hoy la verdad que confesamos? ¿Cuestiona una decisión que ya hemos tomado? ¿Toca un hábito que esperábamos dejar tranquilo? Nuestra fe se vuelve personal cuando permitimos que lo que creemos moldee algo que preferiríamos manejar a nuestra manera. Necesitamos dejar que la pregunta del Señor llegue más allá de nuestra capacidad de dar la respuesta que sabemos que se espera.

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Ser conocidos por Dios también cambia nuestra manera de escuchar su dirección.

No nos presentamos ante un objeto que no puede oír ni usamos su nombre solo para dar peso a nuestras peticiones. Nos acercamos a un Padre que escucha, a un Pastor que guía y a un Señor que nos habla. Esta relación tiene que ver con algo más que conseguir lo que queremos. Un hijo puede pedir y también escuchar. Podemos presentar nuestras necesidades con sinceridad mientras seguimos dispuestos a que Él corrija nuestros deseos y decisiones. Si toda nuestra oración se dedica a pedir el resultado que preferimos, quizás prestemos poca atención a la obediencia que Él ya nos ha puesto delante.

Nuestra respuesta no tiene que ser espectacular para ser real. Tal vez necesitamos dejar de defender una actitud, volver a un pasaje que solo hemos repetido de memoria o hacer una pregunta sincera sobre el bautismo o el Espíritu Santo. Quizás necesitamos cambiar algo que nadie en la congregación llegará a ver. Un acto discreto de obediencia también importa. La advertencia al comienzo del estudio se refería a personas que podían señalar obras impresionantes. Por eso debemos tener cuidado de no medir la fidelidad solo por lo que puede verse o anunciarse. Las decisiones cotidianas revelan nuestro corazón, incluso cuando nadie ve ni elogia nuestra respuesta.

Al acercarnos al final de este estudio, preguntémonos si hemos mantenido la pregunta en el plano personal. Podríamos terminar con más capacidad para hablar de nuestra relación con Dios mientras seguimos rechazando el mismo cambio. En lugar de eso, podemos nombrar lo que hemos visto y decidir cómo responder. Escribir una intención no nos cambiará por sí solo. Aun así, podemos negarnos a escondernos detrás de planes que nunca se convierten en acciones. ¿Qué paso claro de obediencia corresponde a hoy? ¿Qué debemos dejar de excusar? ¿Qué necesitamos recibir? ¿Qué verdad debería moldear nuestra próxima conversación, decisión o respuesta privada? Estas preguntas nos ayudan a llevar lo que hemos aprendido a la vida que realmente vivimos.

16 / 18 Reflexión

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1Tomémonos un tiempo para repasar el estudio sin apresurarnos a tranquilizarnos diciendo que todo está bien. Hemos considerado el saber acerca de Jesús y el ser conocidos por Él, la redención y la adopción, el Espíritu del Hijo dentro de nuestros corazones y nuestra respuesta sincera a Él. ¿Qué verdad nos ha resultado más difícil considerar personalmente? Podemos empezar allí. Quizás notamos que nos distraemos, empezamos a discutir o decidimos rápidamente que una sección está dirigida a otra persona. La incomodidad no nos da todas las respuestas, pero podemos preguntarnos por qué queremos evitar una pregunta.

2Podemos escribir un breve relato de por qué sentimos confianza en nuestra relación con Dios. ¿Qué mencionamos primero? ¿Comenzamos con nuestras responsabilidades en la iglesia, nuestros años de asistencia o nuestros conocimientos? ¿Describimos experiencias pasadas mientras evitamos hablar de cómo vivimos ahora? ¿Podemos hablar con sinceridad tanto de la obra de Dios en nosotros como de las áreas donde todavía necesitamos responder? No necesitamos negar lo que Él ha hecho. Necesitamos dejar de usar lo que ha hecho como razón para reservarnos algo que nos está pidiendo rendir.

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3Finalmente, volvamos a «Abba, Padre». Estamos presentando nuestra vida ante Aquel que ha abierto un camino para que le pertenezcamos. Podemos decirle la verdad sin encubrirla. Nombremos algo que necesita confesión, una verdad que debemos considerar de nuevo y una respuesta que debe convertirse en acción. Las respuestas escritas pueden ayudarnos a recordar después de que haya pasado el momento. Luego oremos por esos asuntos reales en vez de reemplazarlos con una petición general de hacerlo mejor.

Conclusión

4Ser conocidos por Dios va más allá de estar familiarizados con la iglesia y la enseñanza cristiana. El Padre ha actuado para redimirnos, incorporarnos a su familia y darnos el Espíritu de su Hijo. No podemos reemplazar nuestra respuesta con experiencia en la iglesia, palabras prestadas ni actividad visible. Podemos recibir la Palabra por nosotros mismos, responder al llamado al arrepentimiento, al bautismo y al Espíritu Santo, y dejar que el carácter de Jesús cuestione lo que hemos excusado. El día en que estemos delante de Él da peso al día de hoy. Respondamos mientras tenemos la oportunidad.

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17 / 18 Completar los espacios en blanco

Repasar y recordar

Completemos estas afirmaciones del estudio. Algunas usan las palabras citadas de la RVR1960; otras nos ayudan a recordar lo que hemos aprendido. Podemos volver a la sección correspondiente cuando necesitemos ayuda para comprender una respuesta.

1. La afirmación de Jesús que nos lleva a examinarnos es: «Nunca os __________». 2. Conocer el nombre de alguien no establece por sí solo una __________. 3. Nuestra fe necesita estar arraigada en la __________. 4. Dios envió a su Hijo cuando vino el cumplimiento del __________. 5. El Hijo nació de mujer y nació bajo la __________. 6. Vino para __________ a quienes estaban bajo la ley. 7. El propósito de Dios incluye que recibamos la __________ de hijos. 8. Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros __________. 9. El Espíritu de su Hijo clama: «Abba, __________». 10. Un hijo también es __________ de Dios por medio de Cristo. 11. Pablo escribe: «o más bien, siendo __________ por Dios». 12. No debemos usar la personalidad como excusa para negarnos a __________. 13. La confesión sincera significa más que una __________ general. 14. La respuesta sincera de Jacob nos da una imagen del __________. 15. Los hombres de Hechos 19 dijeron que habían recibido el bautismo de __________. 16. Luego fueron bautizados en el nombre del Señor __________. 17. Pablo preguntó si habían recibido el Espíritu __________ cuando creyeron. 18. Nuestro siguiente paso debe ir más allá de la intención y convertirse en __________.

Respuestas: 1. conocí; 2. relación; 3. Palabra; 4. tiempo; 5. ley; 6. redimir; 7. adopción; 8. corazones; 9. Padre; 10. heredero; 11. conocidos; 12. cambiar; 13. disculpa; 14. arrepentimiento; 15. Juan; 16. Jesús; 17. Santo; 18. obediencia.

18 / 18 Invitación a actuar

Responder con nuestra vida

Terminemos respondiendo a algo que este estudio haya dejado claro. Podemos nombrarlo con claridad delante de Dios, sin empeorarlo y sin poner excusas. Si nuestra respuesta tiene que ver con el bautismo en el nombre de Jesús o con recibir el Espíritu Santo, busquemos oración y hablemos directamente con nuestro pastor. Si ya hemos recibido estas experiencias, consideremos cómo se ve ahora la rendición a Dios en nuestra vida. No necesitamos poner la situación de otra persona en el centro. La pregunta que tenemos delante es si estamos dispuestos a responder al Señor nosotros mismos.

Elijamos un paso que realmente podamos dar. Puede ser una confesión sincera, una respuesta diferente en un desacuerdo habitual o un tiempo dedicado a volver a un pasaje que necesitamos comprender. Podemos decidir cuándo dar ese paso y pensar en lo que podría tentarnos a posponerlo. Si hay otra persona involucrada, nuestro objetivo debe ser atender nuestras propias acciones, no usar lenguaje espiritual para exigirle cosas.

Antes de terminar el estudio, presentemos esa decisión al Padre. Podemos pedirle que nos ayude a seguir siendo sinceros cuando el cambio resulte incómodo y a estar atentos cuando regresen los viejos hábitos. Luego busquemos la próxima oportunidad cotidiana de obedecer. Ahora podemos responderle con la vida que presentamos ante Él hoy.

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